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Las orillas del mar  
y el parto acuático  

Danilo Antón 
 
Max Planck, el famoso científico alemán y Premio Nobel, una vez expresó: “Una nueva verdad científica no triunfa convenciendo y haciendo ver la luz a sus oponentes, sino más bien, debido a la muerte de sus detractores, que son sustituidos por una nueva generación que tiene oportunidad de familiarizarse con ella.” 

El paradigma tecnológico-industrial del mundo actual no es una excepción a esta regla que señalaba Planck. Luego de tres siglos de imperio, está destinado a sucumbir bajo el peso de sus propias contradicciones. 

Su dominio ha provocado una destrucción sin precedentes de los ecosistemas terrestres y marinos, y ha creado a varias generaciones de mujeres y hombres desorientados, sin raíces ni referencias. 

La especie humana no es superior, ni más capaz, ni más apta, ni siquiera más compleja que las otras que componen el planeta. Tampoco es muy diferente. Comparte con las demás especies animales y vegetales una gran parte de su código genético, y ha llegado al sitio en que se encuentra a través de una evolución biológica similar a muchos otros animales. 

El punto de partida de un análisis de nuestra especie debe ser la comprobación que no somos “superiores” a nadie. 
No representamos la cúspide de la evolución de la naturaleza, ni mucho menos. 

Sin duda podemos afirmar que, en cierto sentido; somos “especiales”, pero también lo son los delfines, las enredaderas o los platelmintos. Cada uno de estos organismos vive su vida, desarrolla su propio metabolismo con los recursos a su alcance, y hace lo posible por perdurar a través de sus descendientes. 

Este carácter “especial”, repito, especial, y no mejor, de los seres humanos es el resultado de su vieja historia. 

Hace unos 5 o 6 millones de años, ciertos antiguos primates, probablemente de origen arborícola, evolucionaron, se transformaron en bípedos, perdieron su pelambre corporal, desarrollaron un gran cerebro y un conjunto de culturas basadas en la interpretación de los símbolos. 

Para poder producir sus cachorros super-cerebrados y cimentados en una cultura simbólica, debieron prolongar la etapa infantil. La cría humana demora mucho tiempo en crecer. Por varios años, permanecen muy vulnerables, totalmente incapaces de defenderse  por sus propios medios. Esta fase infantil es la más prolongada entre todos los mamíferos conocidos. 

El resultado final de la crianza humana es un adulto que no es tan diferente de los otros adultos de las demás especies. Las hembras y machos de la especie humana cumplen las funciones fisiológicas normales de la especie, se alimentan y metabolizan tejidos vegetales y animales, respiran el oxígeno del aire, desarrollan grandes esfuerzos para proteger el crecimiento de sus hijas e hijos, y al fin se mueren y degradan como los demás plantas y animales. 

Y aquí estamos. Tratando de disimular nuestras esencias y raíces. Con diversa vestimenta que oculta quienes somos, haciéndonos creer que no somos animales, destruyendo la propia naturaleza que nos da sustento, contaminando el agua que nos vio nacer y pariendo nuestras crías en grandes edificios metálicos e impersonales. 
 

Primates del agua

A la cultura tecnológico-industrial le costó bastante trabajo desarticular el paradigma patriarcal bíblico acerca del origen de la historia humana. Años de desinformación y autoritarismo religioso crearon una cultura sin espíritu crítico que se resistió duramente a dejarse sustituir. 
El nuevo paradigma, que al fin lo suplantó resultó también profundamente autoritario y más patriarcal. Los “popes” de la aristrocracia tecnológica-industrial definieron sus dogmas y se atrincheraron para defenderlos por todos los medios a su alcance. Quienes no estaban o no están de acuerdo con las teorías “de recibo” eran o son considerados heréticos, ignorados, ridiculizados y, finalmente, excomulgados de sus cargos y excluidos en la distribución de fondos de investigación. 

La teoría acerca de la evolución humana, elemento clave del paradigma científico reinante, no es una excepción a este proceder. 
Hace ya varias décadas, las autoridades científicas decretaron que la especie se originó en las sabanas africanas. Para ello produjeron numerosos argumentos, incluyendo varios centenares de fragmentos de fósiles óseos y algunas herramientas. 

El origen “sabanero” de los primates humanos se transformó en artículo de fe sin que prácticamente nadie osara contradecirlo. Bueno, en realidad, ya desde la década de 1930, hubo alguien que se atrevió: era un biólogo inglés de nombre Allister Hardy quien señaló las contradicciones de la “Teoría de la Sabana” y propuso una visión alternativa: los seres humanos se habían desarrollado como tales en una etapa anfibia de su evolución. 

En 1960, luego de casi treinta años de prédica, The New Scientist accedió a publicar un artículo de Hardy titulado: Was man more aquatic in the past? (Marzo, 1960, pp. 642-645). 

Pasaron más diez años sin que casi nadie osara mencionar el asunto. Recién en 1972 se publicó un nuevo trabajo que desarrollaba en profundidad los conceptos de Hardy realizado por una talentosa escritora galesa. Su nombre era Elaine Morgan y su obra The Descent of Woman (La descendencia de la mujer, título que era un juego de palabras contradiciendo el famoso libro Darwiniano llamado The Ascent of Man (La ascendencia del hombre). 

El libro de Morgan fue ignorado totalmente por el “establishment” científico. Sin embargo, a pesar de ello, no pasó inadvertido para mucha gente y gradualmente se fue transformando en un “best-seller”. 
Diez años después la señora Morgan publicó otro libro extendiéndose en el tema: “El Mono Acuático” (The Acuatic Ape, 1982). Luego siguieron “Las Cicatrices de la Evolución” (Scars of Evolution, 1990), “El Mono Acuático, Hecho o  Ficción” (The Aquatic Ape: Fact or Fiction, 1991), “La Descendencia del Niñ@”, (The Descent of the Child, 1994), y “La Hipótesis del Mono Acuático” (The Aquatic Ape Hypothesis, 1997). Todos los trabajos de Elaine Morgan tuvieron gran éxito en el público. Treinta años después resulta muy difícil ignorar a la persistente escritora, que además ya se ha transformado en una verdadera experta en paleo-antropología. 

Los argumentos de la “Teoría del Mono Acuático” son contundentes. Los humanos somos muy diferentes a los animales de la sabana y en cambio tenemos muchas afinidades con los mamíferos anfibios. Al igual que los mamíferos marinos, tenemos muy poco pelo en el cuerpo, poseemos 10 veces más grasa que los otros primates, e incluso más al nacer. A diferencia de la grasa común en otros simios, la nuestra es grasa subcutánea que forma parte de la piel y se desprende con ella. Se trata del tipo “grasa blanca” (white fat) que no suministra energía inmediata y sirve más bien como aislamiento térmico y para ayudar a flotar (como en los mamíferos acuáticos). Para el desarrollo cerebral requerimos ciertas substancias que sólo se encuentran en los peces y mariscos (como el ácido eicosnoico). 

Dilapidamos nuestra agua interior a través del sudor (gran número de glándulas sudoríparas) y de las lágrimas saladas (inexistentes en los otros primates), practicamos el sexo frontal, como las focas y cetáceos, podemos contener la respiración por varios minutos (cosa que no ocurre en ningún otro simio), y nadamos instintivamente al momento de nacer. 

Por otra parte, nuestras enfermedades y parásitos específicos requieren fases acuáticas para desarrollarse, y el bipedalismo que nos caracteriza (que no se encuentra en ningún otro animal de sabana, ni en ningún primate, excepto nosotros) es fácilmente explicable si imaginamos una existencia en las aguas poco profundas de las orillas marinas o lacunares. 

Uno de nuestros puntos débiles es, aún hoy, la columna vertebral, que debe soportar con dificultad el peso del cuerpo erguido en condiciones terrestres. En las condiciones originales acuáticas, ese peso disminuye considerablemente, y el esfuerzo requerido para mantenerlo erecto es mucho menor. A ello se agregan los fósiles. La mayor parte de los hallazgos de Australopithecus se encuentran en sedimentos acuáticos, a menudo asociados con fósiles de cocodrilos o de huevos de tortuga. 
Frente a la larga lista de argumentos contundentes, la “teoría de la sabana” resulta poco creíble. Sin embargo, en escuelas y universidades es el único enfoque que se enseña. Elaine Morgan está prohibida por los “tutores de la ciencia”. 
 

El parto acuático

Cuando cambiamos un paradigma tan importante como lo es el del origen de nuestra especie humana, nos vemos, inevitablemente, forzados a modificar nuestros enfoques en muchos aspectos de la cultura y comportamientos. 

Uno de ellos es el tema del nacimiento de las crías humanas. Si nuestro origen es acuático, como lo sostenemos muchos, entonces, ello debe influir en las modalidades del parto natural óptimo. 

Esto es algo que ya ha sido conocido por largo tiempo en ciertas culturas tradicionales, y que está siendo utilizado con éxito en algunos círculos naturalistas de la sociedades contemporáneas. 

Numerosas parteras y autoras o autores han explorado con éxito el método del parto acuático. Estelle Meyers, de Australia, que estudió la conexión de las hembras humanas embarazadas y los delfines, el trabajo de Jessica Johnson y Michel Odent: “Somos todos niños del agua”, y el libro de Lakshmi Bertram y Michel Odent, “Escogiendo el Nacimiento Acuático” (Choosing Waterbirth), entre otros, han mostrado que el parto en el agua no sólo es posible, sino que en muchos casos, deseable. 

Obviamente, se trata de reunir todas las condiciones necesarias para el máximo relajamiento. Ello implica un ambiente afectivamente acogedor, íntimo, seguro y personal. El parto dentro del agua tibia permite demostradamente un desarrollo más armónico del proceso fisiológico maternal y sobre todo disminuye el trauma experimentado por el niño al nacer. 

El bebé sale del útero por el canal vaginal con su cordón umbilical intacto. Mientras comienza a moverse en el agua, con una temperatura y consistencia similar a la del útero materno, pero con más movilidad, tiene tiempo de experimentar el mundo exterior. Su primera respiración se produce en forma mucho más tranquila. No se trata de la desesperación de los primeros segundos hasta que rompe el llanto. 
En realidad, es el verdadero nacimiento natural del mono acuático. Un reconocimiento de quiénes somos y de donde venimos. Lógicamente, nuestra cultura no nos permite cambiar todos nuestros enfoques y comportamientos en forma abrupta. Las comunidades humanas deberán recuperar los viejos instintos, en vez de negarlos. Los seres humanos no podemos insistir tercamente en decir que somos quiénes no somos. Es tanto más fácil volver al agua. Reconocer que de ella venimos y, al fin, de una forma u otra, a ella regresaremos. 

Texto cedido por el autor, tomado del su libro Pueblos, drogas y serpientes
Piriguazú ediciones (Montevideo, San José, Toluca), 2001.

Bibliografía 

Hardy, Allister, 1960; Was man more aquatic in the past?; The New Scientist, March 1960; pag. 642-645. 
Johnson, Jessica y Odent, Michel, 1995; We are all water babies  
Lakshmi, Bertram y Michel Odent, 2001; Choosing Waterbirth Global Maternal/Child Health Assoc.Inc. 
Morgan, Elaine, 1997; The Aquatic Ape Hypothesis; Souvenir Press 1997  
Morgan, Elaine, 1994; The Descent of the Child; Penguin Books 1994 
Morgan, Elaine, 1991; The Aquatic Ape: Fact or Fiction; Roede et al (Eds.) Souvenir Press 
Morgan, Elaine, 1990; Scars of Evolution; Oxford University Press. 
Morgan, Elaine, 1982; The Aquatic Ape. 
Morgan, Elaine, 1972; The Descent of Woman; Souvenir Press  
Motha, Gowri; How to prepare for a safe and easy waterbirth; video 
Napierala, Susanna, 1994; Water Birth 
Westenhofer, Max, 1927; On the preservation of ancestor’s characteristics in human beings. 
 
 
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