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Opinion / Debate

 En este polémico artículo la autora analiza las relaciones entre el movimiento feminista y el Estado desenmascarando la habilidad y la forma en que el Estado intenta desarmar la subversión intrínseca del feminismo. Invitamos a quienes visiten esta habitación a contestar esta primera piedra en el debate “relación movimiento-Estado” muy actual, por cierto
Nicol Laurin-Frenette es profesora de Sociología de la Universidad de Montreal, Quebec. Es autora de varios escritos sobre las teorías y las prácticas sociológicas y sobre el Estado. Algunos de sus textos están traducidos al castellano y han sido editados por Siglo XXI editores. Este texto fue publicado en Femmes, Pouvoir, Politique et Bureaucratie, Edición Atelier de Creation Libertaire, Lyon. Presentamos un estracto de lo publicado, en español, en “El sexo natural del Estado”, Editorial Nordan-Comunidad.
 
 
 
 
 
 
 
 
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Elementos históricos en la relación movimiento de mujeres-Estado

Por Nicole Laurin-Frenette
El significado de un movimiento social puede ser encajado bajo una perspectiva doble: a partir de su sentido histórico sociológico, o del que llegue a tener para los agentes que estén comprometidos en él. Estas dos dimensiones del sentido coinciden muy raramente; peor aún, a menudo son contradictorias: sobre todo cuando se persiguen cambios radicales del orden establecido y sin embargo, se lo preserva en la práctica. Por otra parte, lo contrario también es posible. La reflexión crítica debería permitir a los integrantes de un movimiento social compatibilizar su práctica con la teoría y en cuanto a la sociología, tal como la entiendo debería ser una forma de refleción crítica. 

El análisis que nos proponemos en est etexto intenta aclarar el sentido político del feminismo, exzaminar su carácter revolucionario. El concepto de feminismo está tomado en un sentido amplio: tanto como discurso que denuncia las condiciones sociales impuestas, como también abarcando un conjunto muy amplio de prácticas individuales, grupales, organizacionales de distintas orientaciones que comparten un cierto discurso y una cierta actividad. 

Pienso que el dinamismo de las mujeres puede ser movilizado y utilizado para su liberación si el movimiento feminista se compromete con la revolución, es decir, persigue el cambio del orden social antes que el cambio en el orden social. Sólo la forma de organización y de lucha revolucionaria puede permitir la actualización del potencial subversivo del feminismo. En sus comienzos el feminismo cuestiona el poder, bajo su forma elemental y fundamental: el control interpersonal mediante el juego de la fuerza y del consentimiento. Este cuestionamiento feminista puede volverse en contra de las mujers si, en su lucha contra la dominación, se alían a las instancias del poder, a los aparatos de conrtol: los partidos, las sectas y las Iglesias de todo tipo, el Estado...; por el contrario, si la lucha de las mujeres no es obstaculizada ni desviada, puede propagarse a otros niveles de dominación y extenderse a otras formas de poder. 

Desde el comienzo de este movimiento y en particular en la etapa actual, el Estado aparece como interlocutor privilegiado del feminismo moderno. Dirigiéndose al Estado, el movimiento de mujeres formuló reivindicaciones principales en el lenguaje del Estado. De esta manera las mujeres solo reclamaron los derechos que el Estado les puede acordar, las reformas que puede realizar y los recursos que puede distribuir. Lo hemos comprobado, el Estado se manifiesta incluso capaz de garantizar los cambios que no se pueden realizar en el orden de lo privado: las relaciones sexuales y afectivas entre los hombres y lasm ujeres. El movimiento feminista, sindical, como antiguamente el movimiento obrero y en particular su ala sindical, está constantemente obligado a negociar con el Estado porque, sólo él parece poder imponer respeto por ls principios que defiende el feminismo a los adversarios directos de peste en su lucha: los hombres –maridos, padres, ciudadanos, colegas, patrones, adminisrtadores, pensadores. 

Desde un punto de vista sociológico, esta interacción entre el movimiento feminista y el Estado se produce de acuerdo a la lógica del sistema social actual. En efecto, la función principal del Estado en este sistema es la de registrar y resolver las tensiones y los conflictos que suscita la división entre los agentes sociales, epsecialmente los conflictos de clase y sexuales. 

Todo movimiento contestatario en algún momento de su lucha recurre necesariamente al Estado y es obligado a concertar acuerdos con él. En cambio el Estado dispone de los recursos necesarios para el control de la protesta. Puede reprimirla más o menos violentamente. Puede también efectuar modificaciones funcionales del sistema social que reducen las tensiones sin comprometer su reproducción. La historia del movimiento obrero, de la lucha de los negros americanos, de la rebelión estudiantil, ilustra abundantemente los tipos de funcionamiento de la regulación estatal de las sociedades capitalistas. 

De esta manera, las mujeres obtuvieron, principalmente, el reconocimiento de ciertos derechos y las mejoras de distintas posiciones por parte del Estado. En la mayoría de los casos estas victorias de las mujeres son también victorias estatales que acrecentaron su capacidad de controlar en cierta medida a las mujeres y a su movimiento. Algunas de las instituciones que el Estado estableció desde hace algunos años parecen hasta confundirse con los mecanismos permantentes, al integrarse al aparato estatl de regulación de las mujeres y de sus organizaciones. Tales son los distintos consejos, despachos, comisiones, cuyos mandatos son estudiar a las mujeres e investigarlas; escuchar y juzgar sus opiniones, sus protestas, sus reivindicaciones; preparar, elaborar, presentar soluciones a sus problemas y respuestas a sus preguntas; incluso en algunos casos subvencionar proyectos feministas y favorecer su realización. Estos organismos pululan en las coeidades donde el movimiento feminista logró mayor impacto y tienen también sus análogos a nivel regional e internacional. Las relaciones entre las mujeres y el Estado no son armoniosas, después de todo, nunca lo fueron. Pues el Estado no resolvió en el pasado y no está en vías de resolver en el futuro las contradicciones que nutren la rebelión y la resistencia de las mujeres. Sin embargo, aseguró una escucha atenta al feminismo y canalizó el dinamismo de las mujeres, debilitando la capacidad de subversión del movimiento, es decir, el poder de liberación. 

El movimiento feminista proclamó, como principio, que la vida privada es política. La relación doblemente secular, entre las mujeres y el Estado muestra que esta proposición es verdadera desde todo puinto de vista ¿Qué conslusión debemos extraer? ¿que lo privado debe irrumpir en la escena pública y lo público deslizarse enrt los bastidores de lo privado? Nada más normal, previsible y controlable. Tanto más en la medida en que subsiste en la ideología la demarcación ente los dos campos: el lugar del deseo y el de la vida, el del deber y el del orden. El deber siempre llamado a socorrer el deseo, el deseo puesto al servicio del orden. Puesto que además se trata del deseo que el orden programó, del deber que el deseo previo y respetó de antemano. 
 
 

 
 
 
 
 
 

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