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En este trabajo se hace un repaso sobre las condiciones laborales de las mujeres en el “mundo del trabajo remunerado”. Marcela Giangulio realizó una serie de talleres con mujeres trabajadoras del área de Averías de la Compañía Nacional de Fuerza y Luz sobre las condiciones laborales y el estrés.

Mujeres trabajadoras y estrés
 
Por Marcela Giangulio

Las mujeres han sido identificadas, tradicionalmente, con los roles de la maternidad y el trabajo doméstico. En cambio, los roles tradicionalmente masculinos han estado relacionados con el mantenimiento económico de la familia y la realización personal a través de la profesión.

De acuerdo con el tipo de socialización que la mayoría de las personas ha recibido, la mujer debe ser madre y esposa para ser feliz. Sin embargo, esto la limita al espacio de lo privado –el hogar- sin poder salir a trabajar y superarse con estudios y una profesión en lo que es el ámbito público.

Según las estadísticas actualmente existen más mujeres que trabajan, quizá por un mayor índice de madres solteras que deben atender una familia o por las constantes dificultades económicas que atraviesa la población ocstarricense. Aunque los medios se empeñen en señalar que la mujer ha logrado autonomía, esto es falso por muchas razones que expondremos a continuación.
 

Estereotipos sobre las mujeres y el trabajo remunerado

Un estereotipo es una idea preconcebida sobre las cualidades y formas de actuar de las personas. Los estereotipos se transmiten de generación en generación y suelen evolucionar influyendo negativamente sobre quienes se aplica. A continuación veremos los estereotipos más frecuentes en nuestro medio respecto al trabajo de la mujer.

“Tener un empleo no es tan necesario para las mujeres como para los hombres; muchas de las que trabajan lo hacen porque quieren”.
Esta creencia no toma en cuenta que la mayoría de las mujeres tenemos un empleo por necesidad, otras lo hacemos para mejorar nuestra situación económica o bien para tener independencia y autonomía. Además, el trabajo remunerado nos permite entrar en contacto con otras personas fuera de casa y ampliar nuestro ámbito de relaciones sociales. Es salir de nuestro ámbito “doméstico” y conocer situaciones diferentes al mismo. 

Esta situación intimida al hombre porque se siente invadido en el que cree es su espacio: “el hombre piensa que ya porque nos vamos a trabajar le vamos a quitar el puesto, no soportan que tengamos una carrera profesional, en la medida de lo posible nos hace quedar mal por su miedo y su inseguridad” (tomado del taller sobre el control y manejo del estrés el día 28 de febrero del 2000, Compañía Nacional de Fuerza y Luz).

“Las mujeres faltan a trabajar más que los hombres”.
Las malas condiciones laborales son los motivos principales que determinan el ausentismo tanto para mujeres como para hombres. Se ha observado que el número de ausencias de trabajo son similares en ambos, aunque las causas son diferentes. Así por ejemplo, los hombres faltan para realizar funciones administrativas o bancarias o para asistir a actos sociales, cursos de promoción. Las mujeres cuando nos ausentamos del trabajo lo hacemos más por motivos familiares, como enfermedad de los hijos e hijas, que por causa propia.

Socialmente, se asume que el cuidado de los niños y las niñas y de las personas enfermas o mayores es un problema que atañe exclusivamente a las mujeres. Realizamos un trabajo pesado ya que el cuido y la atención de las personas nos desgastan física y psicológicamente, quizá en algunos casos podemos llegar a reaccionar de manera inadecuada ante situaciones difíciles.

“Los cargos de responsabilidad y poder no son para las mujeres”.
Se nos pide más que a los hombres y tenemos que estar demostrando continuamente nuestra capacidad. Si cometemos errores se nos atribuye al hecho de ser mujeres más que a las dificultades del puesto que desempeñamos. Hemos de soportar críticas sobre nuestro desenvolvimiento laborar, forma de vestir, de actuar, etc. 

Cuando existe un problema siempre se nos tacha como culpables sin investigar los posibles responsables, dan como un hecho que la culpa es nuestra. Pero, a pesar de la doble carga, la discriminación y el esfuerzo que supone para nosotras cada vez son más las mujeres que salen de sus hogares en busca de una oportunidad para superarse.

El trabajo remunerado y la familia: 
doble jornada y doble presencia

La mayoría de las mujeres que nos hemos incorporado al mundo laboral, seguimos siendo responsables del cuidado de la casa y de la familia. La doble jornada no sólo implica mayor número de horas, sino que supone una división emocional entre las exigencias del empleo y las demandas de la familia. Nos seguimos sintiendo responsables del funcionamiento de la casa, incluso cuando nuestra pareja asume el trabajo doméstico y culpables por creer que no atendemos suficientemente a nuestros hijos e hijas. Nuestra familia refuerza esa conducta al culparnos de “malas madres” y “malas esposas”, se niegan a entender el sentido o la necesidad real de nuestro trabajo fuera del hogar.

Tener un empleo que nos satisfaga nos produce un efecto positivo en nuestra salud física y mental. Sin embargo, la doble jornada supone alargar el trabajo y también un conflicto de roles entre la condición de ama de casa y de trabajadora que hace que nos sintamos fatigadas o con agotamiento y estrés.
 

La discriminación laboral y la salud

La discriminación de las mujeres en el empleo es un hecho que aún persiste en nuestros días. La escasa valoración profesional, las bajas categorías laborales, la dificultad para desarrollarnos a categorías profesionales, son factores que inciden de forma importante en nuestra salud física y mental, siendo una fuente continua de malestar. Hay un porcentaje más alto de enfermedades en mujeres que en hombres, quizá esta sea una de las razones.
 

El estrés: consecuencia de trabajar de forma inadecuada

El estrés no necesariamente lo produce el sobrecargo de obligaciones o responsabilidades, también lo produce realizar una tarea con poco contenido, desprovista de interés, que no nos sirve para utilizar nuestros conocimientos, que es aburrida y repetitiva, que no requiere iniciativa.

Si a este tipo de trabajo le añadimos las desigualdades laborales que tenemos las mujeres: menor salario, escasa promoción y posibilidad de formación, doble jornada, situaciones de acoso y discriminación parece obvio que estemos muy expuestas a padecer estrés.

Es muy frecuente que las mujeres estemos inmersas en una actividad incesante, aunque pretendemos satisfacer todas las demandas y cumplir a la perfección todos nuestros roles: ser madre, compañera o esposa, profesional..., podemos sentirnos frustradas y agobiadas por la gran cantidad de esfuerzo que nos autoimponemos.

“La mujer tiene una fuerza interna que nos permite salir adelante en las adversidades, es una tolerancia, paciencia, amor al trabajo lo que le permite seguir en pie” concluyó una participante de los talleres realizados.
 
 

 
 
 
 
 
 

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