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El club de los Iguales
Por Yadira Calvo
Alfonso Reyes, en su ensayo “De cómo Grecia construyó
al hombre”, comienza hablando de la capacidad de la especie humana para
comunicar conquistas nuevas; de la historia y los ideales del pueblo griego;
de la cultura como descubrimiento y valoración de la persona humana.
Después pasa, en un segundo momento, al ideal del Hombre griego,
así, con mayúscula, porque “la obra maestra del genio griego
es el Hombre”, “pronto dignificado en valor militar y, pronto también,
en privilegio de una aristocracia”. Aquí encallamos, porque cuando
se define por el valor militar su dignificación, se nos está
indicando que esa “especie humana”, ese “pueblo griego” y ese “Hombre griego”
de que habla el texto, están compuestos sólo de varones.
Y en consecuencia, Reyes tampoco está pensando en mujeres como interlocutoras
de su obra, a no ser que haya intentado expresamente injuriarlas, cosa
que no parece, porque se trata más bien de algo más grave:
es que ni siquiera las había tomado en cuenta.
Su texto se inscribe en lo que llama Michéle Le Doeuff un discurso
de club: “supone un círculo de testigos estrechamente delimitado”,
un “nosotros”, un grupo imaginario de “asociados que están de alguna
manera presentes en la página junto al autor”. Este círculo
es “rigurosamente masculino. Tan masculino como Los Padres de la Iglesia
y el clero, y se despliega en una atmósfera en la que sólo
podrían estar 'hombres'”. La lectora, dice Le Doeuff, “no cuenta;
eso está establecido de antemano por el texto, el cual plantea que
su lectura es de supernumeraria”.
Pero no sería justo cargar a Alfonso Reyes con un sambenito que
para su alivio debe compartir con una innumerable lista de productores
textuales de todas las épocas. En su Canon de Medicina, el erudito
árabe medieval nacido en el 980, Ibn Sina, conocido como Avicena,
define el “amor pasional” como una forma de “desorden mental”, y asegura
que es “causado por la meditación excesiva sobre la imagen de una
mujer sexualmente inalcanzable”. Un par de siglos más tarde, el
sabio Ibn Arabi, muerto en el 1240, afirma, en un texto místico,
que el hombre, para contemplar a Dios, necesita de un soporte sensible
o espiritual y que en el mundo creado, la unión con la mujer es
el símbolo por excelencia de la relación entre Dios y la
Naturaleza Universal. “La contemplación de Dios en las mujeres -dice
Ibn Arabi- es la más perfecta y la más interna, y la unión
más formidable (en el orden sensible que sirva como soporte para
esta contemplación) es el acto conyugal”.
A finales del siglo XIX, Antonio Zambrana, revolucionario y fundador
del la República de Cuba, virtuoso de la palabra y otra cantidad
de epítetos, en su ensayo “El secreto de oro”, propone algunas normas
de la conducta correcta, donde nos advierte que “el más humilde
de los hombres” puede ser dichoso con sólo cumplir “los deberes
que le tocan y mirar la vida con serenidad reflexiva”. “¿Quién
-se pregunta él-, sufrió decepciones de su madre? ¿A
quién engañó la esposa modesta, si la eligió
entre las vecinas del hogar paterno, sencilla y pura, no casquivana y melindrosa?”
En El ser y la nada, el filósofo existencialista del siglo XX,
Jean Paul Sartre, desarrolla, sobre metáforas sexuales, una “teoría”
del conocimiento como apropiación. Para él, “el conocimiento
es al mismo tiempo penetración y caricia superficial”; “la vista
es goce, mirar es desflorar”; “el sabio es el cazador que sorprende una
blanca desnudez y la viola con la mirada”.
Hay una constante en todos estos pensamientos, un elemento en común,
una varilla que los ensarta a todos como un pincho moruno, y es que, tratando
temas que en rigor son universales, lo hacen como si el único universal,
el único referente y el único interlocutor, fuera el varón.
Se trata de un discurso trucado, el cual se vale para el truco, de ese
falso genérico que es el vocablo “hombre”, que igual se estira como
se encoge. Los socios del club de los iguales se valen de él engañosamente,
excluyendo a las mujeres de un discurso en el cual, por su naturaleza referida
a “lo humano”, tendríamos derecho de encontrarnos. Ellos constituyen
una multitud impresionante: los hallamos con mucha frecuencia en los estantes
de las bibliotecas, entre los consagrados, pero también entre los
poetas populares y los letristas de boleros. “La canción de la vida
profunda”, de Porfirio Baba Jacob, lleva en sus primeras estrofas un intento
de universalidad manifiesta en el reiterativo comienzo de sus versos: “Hay
días en que somos....” Y resulta que a ese “somos” se siguen expresiones
como “tan móviles”, “tan fértiles”, “tan plácidos”,
“tan lúgubres” que las lectoras nos vamos creyendo comprendidas
en él, hasta que llegamos a la quinta estrofa: “Hay días
en que somos tan lúbricos, tan lúbricos, / que nos depara
en vano su carne la mujer”. En ese preciso momento nos damos cuenta de
nuestra condición de supernumerarias.
No estamos incluidas en el “nosotros” que supone el “somos”, porque
ese “nosotros” es “los hombres”, el plural de “el hombre” de Alfonso Reyes,
de Avicena, de Ibn Arabi, de Antonio Zambrana, de Sartre, y hasta del autor
del bolero que define el amor como “un algo sin nombre que obsesiona a
un hombre por una mujer”.
Como se puede ver, hay algo en la actitud de los miembros de ese club,
además de aquello que a las mujeres nos indica haber sido objetos
de exclusión arbitraria, y es que nos hacen experimentar una sensación
de despojamiento; una sensación basada en su insistencia en presentar
como humanos sólo a los varones y como específicas de ellos,
actitudes e intereses que pertenecen a los dos sexos.
Ese Hombre griego de Alfonso Reyes, ese hombre dichoso de Zambrana,
ese hombre sabio de Sartre, son ladrones. El primero porque se ha apropiado
de la representación de una raza entera; los otros dos porque se
han propuesto como titulares de pasiones, sentimientos o actitudes propios
de la generalidad de la especie humana. De igual modo convictos de latrocinio
son el macho del amor pasional de Avicena, el contemplador de Dios de Ibn
Arab, el colectivo de socios al que apela Barba Jacob y el hombre del bolero.
En resumen, que es la voluntad de apropiación indebida lo que hace
iguales a estos iguales cuando deciden ingresar al club.
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