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Información y Análisis

  ¿Quién quiere la guerra?
Por Ana Cristina Rossi, desde Holanda
Introducción

Ante la pregunta, lo que piensa el que la ha vivido es que la guerra es algo espantoso pero que llegado el caso cualquiera puede quererla  o necesitarla. Piénsese por ejemplo en la necesidad de librarse de un dictador,  o proteger la “patria” de una invasión extranjera.

La pregunta deja de ser entonces “quien quiere la guerra” y se convierte en un “¿por qué la guerra?”

Parece que existe la guerra porque  Freud tenía razón y en los seres humanos los impulsos creativos están íntimamente unidos con los impulsos agresivos de muerte y destrucción. Pero es importante establecer que hay guerras y guerras, porque no se guerrea siempre por los mismos motivos. Hay guerras civiles, guerras comerciales,  guerras de dominación,  de liberación.

Existe también la guerra larvada de los que viven una dictadura, de los que soportan día a día la pobreza que deja la mente lisiada por falta de alimentos y educación. Y la guerra larvada entre hombres y mujeres en la mayor parte de este planeta. Y  la guerra abierta contra este mismo planeta que nos sostiene: la guerra contra la naturaleza. Inclusive podría decirse que existe la guerra contra nosotros y nosotras mismas, ese auto-odio que parece estar en la raíz de muchos otros odios e impulsos agresivos. Sin embargo, por cuestiones de espacio este artículo se limitará a una breve discusión sobre las conflagraciones armadas y no sobre las guerras íntimas y cotidianas, si bien ambos tipos se tocan, se entrelazan e inclusive a veces se alimentan.
 
 

El común denominador de las guerras

Hay algo que parece indiscutible:  se va a la guerra cuando se agota la vía del derecho,  cuando se agota o irrespeta la palabra,  Cuando se decide dirimir el conflicto cuerpo a cuerpo en lugar de tramitarlo por una tercera instancia: abstracta, simbólica, distanciada, de negociación.

En ese sentido todas las guerras son brutas: es renunciar al poder de la inteligencia, del convencimiento, del razonamiento, para ganar -o perder- a palos, en la inmediatez. En una guerra se llega al fondo de las pulsiones, se pierde lo que concebimos como dignidad humana. Las personas se asimilan a desechos, a escoria. La guerra es hacer realidad aquello que puede existir en todos nosotros como fantasía, como fantasma, como temor, es ceder a la tentación de romper los últimos límites civilizatorios -aunque sea con el pretexto de reconstituirlos inmediatamente.

Les será más fácil tomar la decisión de pasar a la guerra y brincarse los salones de negociación, a aquellas comunidades que se encuentren en ventaja política, numérica, de armamentos. Sólo otra nación o comunidad igualmente poderosa, o una movilización de grupos de presión estratégicos, logra contrarrestar la ventaja y encauzar al poderoso por la vía del derecho. Es el precario equilibrio global que se logró durante la llamada Guerra Fría. Sin embargo, ese precario equilibrio que evitó guerras mundiales, no evitó sino que fomentó guerras locales como Viet Nam, Afganistán, Angola, El Salvador, Nicaragua, etc. 

Sin embargo, hablar así es quedarnos en generalidades ya conocidas. Es lo que masticaba Einstein en 1932 cuando por iniciativa de la Liga de las Naciones le pregunta a Freud cómo evitar la guerra. Einstein sugería que las guerras sólo podrían evitarse mediante “la creación, con el consenso internacional, de un cuerpo legislativo y judicial para dirimir cualquier conflicto que sugiere entre las naciones”, sólo para admitir, varios párrafos después, que “el logro de la seguridad internacional implica la renuncia incondicional, en una cierta medida, de todas las naciones a su libertad de acción, vale decir, a su soberanía, y está claro y fuera de toda duda que ningún otro camino puede conducir a la seguridad”,   Agregaba que, desgraciadamente dicha meta parecía utópica pues  “...(el) afán de poder que caracteriza a la clase gobernante de todas las naciones es hostil a cualquier limitación de la soberanía nacional” y “esa clase gobernante es capaz de despertar en los hombres (sic) un salvaje entusiasmo, hasta llevarlos a sacrificar su vida.”

Constatando que los seres humanos tenemos  “un apetito de odio y destrucción”  se dirige a Freud, conocedor del alma, para obtener luces de otro tipo sobre un dilema que a nivel social y político no parece tener solución.
 
 

¿Qué es una comunidad?

Es obvio, por lo que pasó 7 u 8 años después, que la respuesta de Freud no  sirvió de mucho en la práctica. Pero ahora nos puede servir de punto de partida.

Freud habla de un pasado hipotético en el que todos los conflictos se dirimían de manera violenta, cuerpo a cuerpo. No sería sino hasta que los hombres (sic) se unieron en una comunidad que nació el derecho y los conflictos dejaron de tramitarse de manera violenta. Dice: “vemos que el derecho es el poder de una comunidad. Sigue siendo una violencia pronta a dirigirse contra cualquier individuo que le haga frente; trabaja con los mismos medios, persigue los mismos fines; la diferencia sólo reside, real y efectivamente, en que ya no es la violencia de un individuo la que se impone, sino la de la comunidad.” Y agrega: “Nada se habría conseguido si se formara sólo a fin de combatir a un hiperpoderoso y se dispersara tras su doblegamiento. La comunidad debe ser conservada de manera permanente, debe organizarse, promulgar ordenanzas, prevenir las sublevaciones temidas, estatuir órganos que velen por la observancia de las leyes y tengan a su cargo la ejecución de los actos de violencia acordes al derecho.” Esta última frase es vital; nos sugiere que es ilusorio pensar que la violencia en los seres humanos desaparece en algún momento. Lo que se logra por la via del derecho es tramitarla de otra manera: no ya en la inmediatez del cuerpo a cuerpo, los golpes, la muerte, la degradación, sino mediante acuerdos, leyes, pactos, la sublimación.
 
 

Los pactos

Freud, y pensadores y pensadoras posteriores a él como Hobbes, George Murdock, Claude Levi Strauss, John Rawls, Carole Pateman, Julia Kristeva, observaron que en la base de toda comunidad hay un acuerdo colectivo consciente e inconsciente que nos permite reproducirnos como seres sociales y humanos. Antropólogos y feministas han hecho una separación entre ese contrato social y otro subyacente, más primitivo: simbólico y sexual. La politóloga Carole Pateman llama a este pacto el pacto socio-sexual. Julia Kristeva lo llama el pacto socio simbólico. Ese pacto primitivo estaría pues en la raíz de todo contrato social  y aparentemente regularía al menos cinco cosas esenciales: la sexualidad, el lenguaje, el derecho, la religión -o ausencia de- y la propiedad.

El pacto socio-sexual regularía tanto los límites de la comunidad sociopolítica como los límites inconscientes del cuerpo imaginario y simbólico de sus integrantes. La comunidad que siente su pacto amenazado siente su cuerpo físico amenazado. Por eso es tan fácil ir a la guerra en nombre de ese pacto, llámese nacionalidad, patria, grupo étnico, religión o región.

Se puede ir a la guerra para imponer el contrato social más amplio, o algún aspecto de dicho contrato o de sus equilibrios de poder. Esas son las guerras por mercados, las guerras comerciales pero también las llamadas “revoluciones” donde se pasa o se pretende pasar de un contrato social a otro -del capitalismo al socialismo, por ejemplo.

Es para imponer su tipo de pacto simbólico y sexual  o para diferenciarlo de otro peligrosamente cercano, que las comunidades étnicas o nacionales se agreden. Cuanto más se parezca una comunidad a su vecina, más violentos serán los esfuerzos para diferenciar un pacto enterrado en las profundidades del inconsciente, violentamente primitivo, transmitido de generación en generación en nombre de la identidad. Piénsese en la Alemania de Hitler.

Como el pacto socio-sexual regula las relaciones entre hombres y mujeres, uno de los actos  más comunes en una guerra es violar a las mujeres del enemigo. Y por eso también, cuando una nación o imperio domina a otra, tiende a imponer su patrón de relaciones entre hombres y mujeres. Igual puede decirse de la propiedad o del intercambio. Comunidades cuya relación con la naturaleza  no es de apropiación se vuelven devastadoras del medio ambiente cuando una sociedad dominante les impone un pacto cuya relación fundamental, entre hombres y mujeres y con la naturaleza y los objetos, es la de la propiedad.
 
 

El mundo globalizado de hoy

Con la caída del bloque soviético se hace obvio que occidente impuso al planeta un aspecto importante de su pacto social:  el consumo,  el omnipresente mercado. Esa es la globalización.

Países que terminan aceptando esa parte del contrato: comercial, pública, impersonal y visible,  luchan ferozmente contra los elementos íntimos, emocionales y viscerales del contrato social occidental. Piénsese por ejemplo en los países islámicos.

Si llegara a suceder la tan anunciada guerra entre oriente y occidente, lo que estaría en juego no sería lo comercial ni lo económico. La guerra se jugaría posiblemente alrededor de algo mucho más profundo y primitivo: la religión, la sexualidad, la identidad comunitaria o étnica conferida por el pacto socio-sexual..
 
 

Perspectivas

Hay comunidades o países poderosos para quienes la guerra siempre es la primera alternativa. Son los países del cuerpo a cuerpo, de la fuerza bruta, cuya cantidad y calidad de armamentos y logística bélica les hace creer que siempre saldrán victoriosos por esa vía -qué importa que la realidad a veces les demuestre lo contrario.

Por fortuna existen también personas, países o comunidades que desean evitar a toda costa la degradación y las duraderas heridas inconscientes que produce una guerra. A esos nos corresponde luchar por las vías negociadas de los acuerdos, de la palabra, de la transigencia. Cosa fácil de enunciar y difícil de lograr cuando lo que está en juego no son acuerdos sociales, políticos o comerciales sino acuerdos y pactos simbólicos y sexuales que convocan toda la violencia y el placer que hay para muchas personas en la degradación, la crueldad, la pérdida de los límites de lo humano.

Queda la pregunta: ¿Será algún día posible discutir esos pactos primitivos y básicos y tramitar los conflictos sexuales y de identidad  por la vía de la palabra? 

¿Podremos algún día llevar al aparato consciente  las raíces y razones de los odios colectivos hacia comunidades vecinas no tan diferentes, o hacia miembros de una misma comunidad? ¿Llegará acaso el día en que el  placer radical que parece brindar a las comunidades humanas el horror de la guerra se pueda obtener de una manera mediatizada, sublimada por así decirlo, pero igualmente poderosa? 

No  lo sabemos.  Lo que si sabemos es que lo que se considera vida hoy día en nuestro planeta, y vida normal, es el consumo frenético de guerra y violencia a pedacitos en video, cine o televisión. Lo que se considera vida normal se limita al consumo  y a la rentabilidad: la vida como inversión. La talla de nuestra humanidad la da  la carrera en pos de los símbolos del dinero. Fuera de tan burda carrera el resto de lo que llaman vida es una pura pasividad. Y cuando el espíritu se siente pasivo y se aburre lo único que parece poder sacudirlo es el placer radical de la  guerra, de la destrucción.

Queda entonces el reto: luchar por una vida distinta donde se puedan tramitar los  deseos, las emociones, las aspiraciones, los impulsos mas inconfesables y los mas terribles, por los desfiladeros del arte y de la palabra, por  nuevos pactos y nuevos acuerdos, por arriesgadas e inéditas negociaciones. Será eso o la destrucción de la especie humana.
 
 
 

 
 
 
 
 
 

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