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¿Cómo se construyen las identidades de las jóvenes?
Por Gabriela Cob
Nuestras identidades de mujeres latinoamericanas están marcadas por el sincretismo, porque nuestros mundos son síntesis de entrecruce de pueblos, intereses económicos expansionisas y de variadas formas de la dominación. Nuestros mundos son invenciones del poder.
La diversidad de las mujeres latinoamericanas se debe a las particularidades nacionales, étnicas, raciales, de clase, de edad, de salud, religiosas, políticas, ideológicas, sexuales y culturales. Y, cada una de esas condiciones e identidades históricas define modos de vida, existencias, y maneras de ser mujer.
Los estereotipos tradicionales marcados por la condición patriarcal de la mujer, definen a las mujeres como seres-para-los-otros, estructuradas por la sexualidad, el trabajo y la subjetividad enajenadas, para dar vida, sentido y cuidado a otros. La dependencia vital marca la subjetividad y define el carácter corporativo de las mujeres.
Ontológicamente esta configuración sustenta la incompletud y la ilimitación de las mujeres como seres cuyo sentido de la vida y cuyos límites personales están más allá, están en los otros.
La opresión de género está presente en las relaciones sociales que colocan a las mujeres bajo dominio y se desprende del contenido concreto de esta modalidad de género.
Sin embargo, ninguna mujer vive en correspondencia con los estereotipos tradicionales porque la modernidad ha significado cambios profundos en la feminidad y la vida tradicional de las mujeres, independientemente de que eso las beneficie o las perjudique.
Asimismo, la modernidad ha irrumpido en sus vidas más allá de su voluntad y su conciencia e incluso contra su voluntad.
Sobre los deberes y las prohibiciones tradicionales se han asimilado o superpuesto contenidos modernos de ser mujer que innovan la condición de género con aspectos que el orden tradicional patriarcal son atribuidos sólo a los hombres. Por ello, definidas desde lo simbólico tradicional, las contemporáneas somos síntesis, conservación y superación de lo femenino y lo masculino amalgamados de manera andrógina.
Siguiendo con los aportes de la antropóloga feminista Marcela Lagarde "Somos a la vez tradicionales y modernas, vivimos en cautiverio emancipadas, pensamos de manera binaria formal religiosa y mágicamente, a la vez que desarrollamos pensamiento complejo dialéctico y laico. La poligamia se abre paso en la sexualidad y la conyugalidad de más y más mujeres con mentalidad de monógama, ya no todas las jóvenes son vírgenes sino de manera efímera, pero siguen entregando su cuerpo y su sexualidad sólo que de manera emancipada al hombre de su vida por lo menos por ese momento".
En ese sentido, el cuerpo-para-otros sigue hegemonizando la identidad de las mujeres. La innovación ideológica patriarcal hace aparecer la opción cuerpo-para-el-placer como más avanzado, moderno, emancipado que el cuerpo-procreador. En cualquier caso, la enajenación sexual, corporal es la más adaptativa y sobrevive a otros ámbitos de la condición de la mujer resignificados con mayor claridad. Tenemos no sólo dobles y triples jornadas, trabajo visible e invisible, sino trabajamos extra para ganar unos centavos más.
Las mujeres latinoamericanas vivimos una doble vida que implica también marca de ruptura identitaria y la capacidad de reaccionar ante identidades asignadas diversas y contradictorias cargadas de expectativas sobre ellas que se entrecruzan y chocan. Crisis y conflictos de identidad desgarradores expresan esta escisión, sin embargo, las mujeres los interpretan desde otras visiones como errores, incapacidad, fallas. Se sienten fallidas y son señaladas como fallidas, inadecuadas. Como locas.
Sobretodo las mujeres suelen pensar, que ellas no son importantes en el nivel socio-político de la sociedad, que su única función productiva será en el rol de madre. Este lugar de madre en su contenido de socializadora quedó en la sombra de la atención pública (pero avalada constantemente por la sociedad y sus instituciones), sin tener ningún estímulo, ni remuneración social.
A la mujer se le pone como única responsable en la familia, lo que le dá un poder monopólico sobre los hijos y sobre todo de las hijas.
El resultado es una reacción defensiva hacia lo femenino, que es vivido como amenazante, y que se manifiesta en hostilidad, descalificación y ambivalencia, escondida atrás de la idealización de la madre (como santa) y de la discriminación de la mujer con deseo sexual (como puta)
Además del sexismo, el adultismo es otro gran factor que determina quién tiene el poder y quién no lo tiene, quién tiene derecho a mandar y quién tiene el deber de obedecer y callar. La edad y el sexo definen hasta en los aspectos más íntimos quiénes detentan el poder y quiénes no, quiénes dominan y quiénes son dominados. Una generación no es una entidad homogénea y cada joven que la integra, tampoco. Esta tendencia de demarcar y explicitar otro sistema de exclusión y discriminación que hacen organizaciones en la creación de teoría y conocimiento como Puntos de Encuentro y la Colectiva Pancha Carrasco, autoras y autores como Claudio Duarte, Marcela Lagarde, Raúl Zibechi y Marisol Patiño, intentan partir desde un enfoque juvenil, que tome en cuenta la heterogeneidad del sector y más aún la diferencia por género.
Para la mujer, sea cual sea su edad y más aún si es joven, es un cuerpo y casi nadie se interesa en averiguar si hay algo más debajo de la piel.
Se es joven porque saben que son jóvenes, porque sus pocos años así lo proclaman, porque hacen cosas de jóvenes y porque sienten que poseen el mundo de la esperanza. Aunque los hechos se encarguen de contradecir lo que la sociedad asigna.
Contemplar la juventud como etapa de la vida carente de responsabilidades es como si adultas, adultos y jóvenes de uno y otro sexo, saltando por encima de barreras culturales, sociales y religiosas, se hubiesen puesto de acuerdo en considerar las responsabilidades como una catástrofe vital y no como un estímulo para la vida.
Pareciera que la generación adulta olvidó muy pronto el miedo a la vida, la inseguridad y el temor a no acertar a ocupar un lugar adecuado en el mundo que, sin duda, atenazaron esos años juveniles en que la alegría y la no-responsabilidad se presentan como obligatorios. Se catalogan las "responsabilidades" únicamente las que se refieren al mantenimiento económico del hogar y su cuidado. Según ese criterio, optar por una vocación profesional y la capacitación para realizarla no serían responsabilidades; ni la búsqueda de una pareja adecuada; ni el diseño de un proyecto vital y de los principios y normas que regirán la conducta a lo largo de toda la vida; ni la elección de una meta hacia la que encaminar los pasos para saber si se avanza o no.
La vida exige que todas estas trascendentales decisiones sean tomadas durante la etapa juvenil, precisamente cuando la alegría y la supuesta no-responsabilidad son socialmente obligatorias.
La generación adulta ha impuesto, históricamente, a las sucesivas generaciones jóvenes una visión idealizada de la juventud como una etapa risueña, alegre, no responsable quizá porque cuando fueron jóvenes, no cumplieron con las inmensas responsabilidades juveniles o las cumplieron muy deficientemente. Como consecuencia, prefieren recordar su propia juventud como una etapa irresponsable, tal vez porque fueron irresponsables.
La juventud, inmersa en sus gravísimos problemas, se deja imponer los criterios adultos hasta invisibilizar su propia realidad y aceptan sin crítica la falsa "alegría" y la aún más falsa "no- responsabilidad"
Las jóvenes consideran que su juventud permanece hasta que entablan una relación estable de pareja y/o hasta que acceden a la maternidad, no necesariamente esa salida el ámbito juvenil implica el ingreso al mundo adulto. Dentro de la investigación realizada por Puntos de Encuentro "Una causa para rebeldes" se evidenció con respecto a esto, que la juventud de los varones dura más.
Las jóvenes con uno de sus objetivos de género tradicional de Madre-esposas, esperan encontrar un compañero para afrontar la vida, el futuro, las responsabilidades familiares, no se deja de lado lo profesional, ni exteriorizan la búsqueda del famoso mito del príncipe azul, instaurado en las mujeres.
Dentro de la vida de las jóvenes no caben muchos de los estereotipos que se tienen con respecto a la juventud, por ejemplo uno de los más comunes como "la juventud es rebeldía", si empezamos a analizar este asunto y en términos generales la mayoría de las y los jóvenes guardan aspiraciones muy dentro de los mismos esquemas que han regido durante los últimos cien años.
Como consecuencia de la transformaciones físicas, psíquicas y de la vitalidad, también se considera el tiempo del descubrimiento de la sexualidad, la atracción física y el amor parte de la juventud. Obviamente existen diferencias tajantes entre las vivencias de los jóvenes y las jóvenes.
Topamos con la dificultad de que las mujeres jóvenes no ponen en primer lugar, en la conciencia , la identidad de género, ese es el problema . Las mujeres jóvenes en todos nuestros países pasan por un período muy similar (quienes van a la escuela, el trabajo, o quienes están fuera de su casa) de fortalecimiento de identidad juvenil que es prioritaria a la de la identidad de género.
La juventud experimenta la terrible dicotomía de una constante social de idealización de esta etapa de la vida y por otro lado el menosprecio y la subvaloración que rodea el ser jóvenes porque no saben lo que quieren, ni donde están ni para dónde van.
"La juventud para las mujeres es una etapa muy compleja de vida porque hay muchas convocatorias, tradicionales y modernas. Todas al mismo tiempo y entonces hay convocatorias que valoran mucho más a las mujeres, por ejemplo, la estética es una, entonces muchas mujeres jóvenes están muy escindidas entre tener y querer ser bellas y entre tener y querer ser inteligentes, capaces académicamente o laboralmente. Pero el reconocimiento social es siempre muy tradicional, las mujeres jóvenes enfrentan una doble dificultad porque no sólo es de género es general de todo, además se complica con la edad porque lo mismo que es exaltado y valorado positivamente por la sociedad que es la juventud, como valor intrínseco, se convierte en un deber ser, entonces debe ser joven eterna y debe manejar su juventud como un atributo de valor, y debe manejar sus atributos reconocidos como un recurso de valor, pero no pretender algo más. Pero también por otro lado la carga enorme es la inferiorización por ser jóvenes. Por un lado, supervalorada la juventud en el género femenino pero al mismo tiempo inferiorizadas porque no tienen autoridad, no tienen legitimidad, no tienen reconocimiento en la toma de decisiones, no tienen reconocimiento en sus habilidades, son desmerecidas por la gente adulta, mujeres y hombres, la sociedad y sus instituciones", apunta Lagarde en una entrevista personal realizada este año.
También es paradójico y ambivalente el manejo de los valores atribuidos a ser joven y a no ser joven.
Es una etapa en la que se conjunta lo que llamamos la doble vida de las mujeres y que es muy antagónica y muy contradictoria las mujeres que en esa edad, en la juventud, deben cumplir con establecer una pareja, que además sea estable, bien elegida, funcional y magnífica. Tienen que casarse, tienen que ser madres y formar una familia y al mismo tiempo como modernas tienen que estudiar y trabajar. Son los momentos cúspides de la exigencia educacional, laboral en un mercado cada vez más competido al mismo tiempo que están las otras exigencias de género ya convertidas en necesidades personales, o sea al mismo tiempo que tiene que establecer pareja, establecer relaciones amorosas, relaciones sexuales eróticas, tienes que cuidarte para no irrumpir negativamente en la vida propia y de los demás. Podemos hablar de una densidad vital impresionante, paradójica, sin recursos y además parcializada al resto de las mujeres porque se vive un antagonismo con las mujeres adultas, se vive la distancia con las niñas y la competencia con todas las pares, es una de las etapas más aisladas de las mujeres, solo es valida establecer alianza por razones de amistad y por nexo familiar.
La identidad de género queda relegada solo a aspectos familiares o de amistad. Entonces, muchas veces las mujeres jóvenes no es que no sepan que son mujeres, saben que son mujeres, pero eso no es suficiente para aliarse, para ser más allá de amigas entre sí o más allá de ser parientas. No está en el horizonte cultural, ahí prevalece la identidad juvenil o la identidad estudiantil como si fuera neutra, como si no tuviera género y entonces hay como una convocatoria muy fuerte a las mujeres a hacer cosas, a participar, a actuar como si ser mujeres no importara, como si fuera posible estar ahí a-genéricamente haciendo acciones de política, de movimiento, de participación. En opinión de Lagarde, las mujeres jóvenes como todas las mujeres son convocadas a no poner en primer término su identidad de género sino que actuar como si eso no tuviera una importancia política, social, para la acción, para el encuentro. Hay protagonismo de mujeres jóvenes, aún en minoría, aún en desigualdad logran moverse en los espacios públicos (movimientos sociales, en las organizaciones estudiantiles, en las organizaciones; por su trabajo, por su vocación, su eficiencia, su capacidad de lo que sea) y logran establecer algunos liderazgos reconocidos, siempre y cuando no lideren a favor de la causa de las mujeres, esa es la condición de participación y sigue siendo una condición de participación para las jóvenes, para las adultas y las adultas mayores.
Desde la perspectiva feminista el reto es legitimar nuestra identidad de género como una dimensión que justifica nuestra participación política y luego politizar la identidad de género para que podamos establecer poderes e incluso liderazgos a favor de la causa de las mujeres.
Las mujeres debemos redimensionar políticamente nuestra identidad de género.
Parte de la opresión de género en las mujeres, es cuando se exalta a las mujeres solo lo estético, se valora a las mujeres solo a través de una cosificación estética o erótica. Nos cosifica porque el cuerpo queda despojado, no se es una persona, se es un estereotipo. Y a esto debe dársele un tratamiento especial cuando abordamos la temática con respecto a las mujeres jóvenes puesto que juega un papel fundamental que debemos explorar en cuanto a la construcción de imágenes, identidades, formas de vida que asumen las jóvenes.
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