| Desde la otra orilla
por Marisol Patiño, desde Ecuador
El pueblo se vestía de fiesta. Las mujeres desde muy temprano
se ubicaban en los portales del parque central para instalar y decorar
con colores alegres los kioskos donde vendían el típico pan
de almidón de achira y los dulces que también solían
vender en las fiestas del Corpus Cristi.
Los organizadores anunciaban con juegos de pólvora el inicio
de la fiesta más importante del pueblo. Ese dìa, 27 de febrero,
se celebraba un aniversario más de la Batalla de Tarqui. Los nietos
de los héroes de guerra vestían sus mejores trajes; orgullosos
del heroismo heredado decoraban los balcones de sus casas con el símbolo
más importante de su patria, la bandera tricolor, que flameaba al
ritmo del Himno Nacional. La Casa de los Tratados, principal edificio histórico
del pueblo, tenía como huéspedes a las principales autoridades
de la provincia. La banda del pueblo animaba la fiesta con san juanitos
y albacitos, mientras los integrantes de las bandas de guerra musicales
de los colegios y escuelas, se concentraban en la plaza para iniciar el
desfile.
El sonido estruendoso de los juegos de pólvora despertaba a Carmen.
La niña se acercaba a la ventana y desde allí veía
desfilar a sus compañeras, que entonaban las mismas melodías
del año anterior y marchaban con paso militar. Ellas vestían
unos trajes que eran réplicas de los uniformes que utilizó
Bolivar y los soldados de la independencia. Carmen entristecía al
saber que no podía desfilar junto a sus amigas por las calles del
pueblo; enojada preguntaba a su abuela Teolinda el por qué de su
prohibición.
La anciana se sentaba en el jardín de atrás de la casa,
su silla era una piedra traída desde el río Jubones. Allí
usualmente se sentaba a esperar a sus compadres, quienes a cambio de sus
remedios de hierbas y sabios consejos le regalaban maíz, huevos,
cuyes y gallinas.
Teolinda cubría su cuerpo con la pollera y chalina impuestas
por los hombres barbados, pero, ella conservaba los rasgos indígenas
en su rostro y en sus manos. No usaba zapatos porque creía que el
calor de la pachamama era suficiente para abrigar sus pies. En su memoria
guardaba silenciosamente una sabiduría ancestral. Carmen era su
única discípula, a través de la tradición oral,
de sus cuentos y mitos, le transmitía todos sus secretos, historias
prohibidas y enigmas que años después la niña debía
interpretar y contar a sus hijos.
La abuela no participaba en la fiesta del pueblo y no aprobaba que su
nieta formara parte de la banda de guerra, aunque ahora fuese musical.
La sombra del recuerdo de la guerra entre Ecuador y Perú, de la
cual ella fue testigo, cubría sus ojos de tristeza.
La niña, al llegar al patio y al mirar los ojos sabios de Teolinda,
cambio de actitud. Su espíritu se tranquilizó. Desapareció
su enojo, pero su curiosidad insaciable agitó de nuevo su imaginación
que la anciana alimentaba con cuentos e historias. Sin preguntar, se sentó
junto a los pies descalzos de su sabia maestra.
-Carmen-, le dijo, -cada vez que regreses a tu pueblo, a descansar de
la agitada y contaminada ciudad, después de pasar los cerros de
Portete, cerca de Santa Teresita, diles a tus hijos que miren hacia la
cumbre de la montaña, allí estaré esperándoles.
Seré el espíritu del soldado que no fue a la guerra, aquel
que mataron y lo acusaron de desertor y traidor a la patria. Aquel que
no pudo matar a su hermano que vivía en la otra orilla de un mismo
río.
Diles a tus hijos que no se puede justificar que los hermanos se conviertan
en enemigos solamente porque viven al otro lado de un mismo cerro o de
un mismo río, porque nuestra madre tierra es una sola, no podemos
dividirla. Si tus hijos no ven al soldadito, sabrás que sus espíritus
no encuentran la paz.
La última vez que escuché esta historia fue en tu cama,
Madre, cuando por última vez fui niña en tu regazo. Ese día
juntas refrescamos los recuerdos de aquellas tardes mágicas junto
a la bisabuela indígena y legendaria.
Al día siguiente nuevamente nos encontramos solas, pero, en un
lugar distinto y en una dimensión diferente. Esa noche los perros
ladraban sin descanso, su aullido parecía llanto. Entonces recordé
una de las historias, o más bien, una de las enseñanzas de
nuestra sabia anciana que entendía el lenguage de los animales.
Recordé que ella nos contaba y enseñaba que cuando un perro
aullaba con tono lastimero, estaba anunciando la muerte de alguien de la
familia. Por primera vez entendí esa lección, ese momento,
el tiempo tenía el rostro de la muerte. Tú corazón
se calló pero un suspiro eterno, como un himno de paz, te llevó
lejos de mí y cerca de Teolinda.
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