Las Ancianas Sabias están con nosotr@s
por Danilo Antón, desde México
La visión oficial acerca de la historia de la humanidad está
construida desde un punto de vista masculinista y falso. Gran parte
de los antropólogos e historiadores repiten una versión que
procura enfatizar el rol del varón y relegar a un segundo plano
el papel que cumplieron y cumplen las mujeres. De acuerdo a ella, los primeros
“hombres” (sic) fueron cazadores y recolectores. La tarea más importante
y difícil de la caza quedaba en manos de los varones, mientras que
las mujeres quedaban apenas “relegadas” a la recolección de frutos
y hierbas. Investigaciones rigurosas recientes sobre pueblos tradicionales
cazadores y recolectores muestran que la actividad femenina de la recolección
es fundamental, que ocupa la mayor parte del tiempo de trabajo comunitario,
luego de las interacciones sociales, y proporciona el grueso de la alimentación
(Richard Borsay Lee; The Hunters: scarce resources in the Kalahari; Conformity
and Conflict, Ed. Little, Brown and Company, Boston, Toronto, 1987). La
caza aparece como una actividad relativamente secundaria que contribuye
de forma limitada a la alimentación del grupo.
Siempre de acuerdo a dicha versión, en tiempos posteriores, el
“hombre” (otra vez, sic) aprendió a cultivar las plantas, inventó
el arado (revolución neolítica), descubrió los metales,
creó los estados, permitiendo el desarrollaron de las primeras “civilizaciones”.
En esta visión de la historia los varones siguen conservando su
rol protagónico: manejan los arados, forjan las herramientas metálicas,
dirigen los ejércitos, gobiernan los estados y controlan los movimientos
religiosos.
Los libros sagrados, como la Biblia y el Corán tienden a confirmar
este punto de vista masculinista. En el Génesis, el primer hombre
no fue parido por una mujer(¡!) sino que ésta fue creada por
Dios a partir de una costilla del varón. La Santísima
Trinidad evangélica, incluye al Padre y al Hijo (varones), y al
Espíritu Santo, cuyo sexo permanece indefinido. La Madre no figura.
El enfoque machista continuó a lo largo de los siglos. La historia,
que es sobre todo un relato erudito de la política de los estados,
aparece protagonizada por hombres (o mujeres masculinizadas, que a sus
efectos es lo mismo).
Los reyes, generales, líderes políticos, filósofos
e ideólogos mencionados en los textos son predominantemente individuos
del sexo masculino. Las escasas mujeres que aparecen, salvo honrosas excepciones,
lo son en carácter de hijas, madres o esposas de “hombres famosos”.
Prácticamente todos los “héroes” nacionales de América
Latina son varones, la mayor parte de los nombres de las calles y ciudades
homenajean a los hombres. Hasta hace poco tiempo en todas las legislaciones
europeas y “occidentales” la mujer estaba subordinada a su padre o marido,
no tenía derecho al voto, ni a la propiedad, ni siquiera a la patria
potestad de sus hijos (que por algo es “patria” y no “matria”).
A pesar de los discursos de igualdad que tanto abundan, esta situación
se prolonga en gran medida hasta nuestros días. Si bien, en la letra
de la ley, los derechos de la mujer han sido igualados con los de los hombres
(no en todas partes aún, tampoco totalmente) existe una situación
real de inferioridad social en todo el mundo.
Las mujeres son víctimas de abusos físicos y morales,
tienen mayores responsabilidades con menor autoridad, trabajan más
y ganan menos. A nivel político, los presidentes, senadores,
diputados, ministros y jerarcas militares son casi todos varones. Las mujeres
aparecen como una minoría numéricamente insignificante, a
menudo con carácter meramente simbólico. En el sector
empresarial, la proporción de varones es todavía más
elevada. La mayor parte de los ejecutivos de grandes empresas son hombres.
Las excepciones no hacen más que confirmar la regla.
En otras palabras, la sociedad contemporánea que promueve las
guerras que matan y destruyen, que condena al hambre a la mayoría
de la población mundial, que envenena las aguas y los aires, que
quema y tala bosques, que extingue especies animales y vegetales, que está
amenazando la propia supervivencia de la vida en el planeta, está
dirigida por los varones.
Es hora de dejar de lado los discursos empedrados de buenas intenciones
y derrocar este paradigma machista y destructivo que nos está empujando
hacia la catástrofe.
Una forma de recomenzar es revisar la historia.
La versión oficial exclusivamente basada en los roles masculinos
no es verdadera.
Las comunidades tradicionales antiguas, mal llamadas primitivas, eran
sociedades matriarcales respetuosas de plantas y animales. Mujeres y hombres
se sentían unid@s a la Gran Madre Naturaleza, entidad mujer, como
en un solo cuerpo. Ella otorgaba la fecundidad que permitía que
se renovaran los ciclos de la vida. Eran sobre todo las mujeres,
las ancianas sabias, quienes recolectaban y plantaban los vegetales que
sanaban.
Las primeras divinidades de los pueblos antiguos fueron las Diosas Madres,
Demeter de los griegos, Coatlicue de los nahuas, Iemanjá de los
yorubas, Ceres de los romanos y tantas otras. Todas estas deidades representaban
los mismos principios: la maternidad, el renacimiento, los cultivos, la
esencia de la vida.
Las sociedades matriarcales estaban integradas a su ambiente, en ellas
las plantas y animales eran herman@s, no conocían la propiedad privada
de la tierra, eran sociedades de cooperación y paz.
Las sociedades de dominación vinieron a cambiar la situación
radicalmente. De a poco se fueron eliminando las antiguas pautas de espiritualidad
natural y solidaridad comunitaria. Los arados, que arrasan con el vientre
de la Madre Tierra, vinieron a sustituir a las herramientas más
femeninas como son el palo sembrador y las azadas. El hombre pasó
a controlar el cultivo de la tierra, que a partir de ese momento fue llamado
“agricultura”. Las mujeres perdieron sus roles económicos, políticos
y religiosos.
Implacablemente, los machos encaramados en el poder comenzaron a destruir
todos los elementos femeninos de la cultura.
Las Diosas Madres fueron sustituidas por Dioses Padres.
La Diosa maternal de los primeros evangelios cristianos, que acompañaba
al Padre y al Hijo, fue transformada en un Espíritu Santo neutro
(En el Concilio de Nicea ).
Los símbolos profundos de la femineidad fueron declarados prohibidos.
Se ocultaron los vientres y los senos, la sexualidad de la mujer eliminada
de un plumazo. En su lugar se impuso la imagen de la Virgen, una
Madre sin sexo. No importaba el sinsentido del concepto. Se ensalzaban
las dos grandes virtudes: virginidad y maternidad, en contradicción
con la pregonada impureza del sexo.
Al mismo tiempo se atacaron las fuentes de sabiduría tradicional.
Las Viejas Curanderas, Ancianas Sabias, fueron perseguidas. Se las acusó
de “brujerías”. Se procuró borrar sus conocimientos. Muchas
de ellas fueron quemadas en la hoguera de la Inquisición.
En los siglos que siguieron, la situación de la mujer varió
muy poco. La Iglesia Católica no permite el sacerdocio de las mujeres.
Las nuevas iglesias protestantes, que modificaron algunos aspectos teológicos
y ceremoniales, mantuvieron el principio central de la predominancia masculina,
entronizado en las versiones bíblicas oficialmente aceptadas.
En otras religiones de dominación , como el Islam, la situación
de la mujer no es mejor. Las sociedades musulmanas promovieron la autoridad
masculina y el sometimiento de la mujer desde el principio, y aún
a niveles más dramáticos. En las sociedades islámicas
el hombre controla el poder económico y legal, posee el primer derecho
sobre los hijos, puede tener varias mujeres a la vez, divorciarse por su
propia voluntad y quedarse con los bienes familiares luego de la separación.
La mujer en cambio no tiene total libertad de movimiento (en muchas
sociedades islámicas contemporáneas necesita la autorización
de su marido o padre para viajar), no puede divorciarse por su propia voluntad,
ni puede oponerse a que el marido se case nuevamente, y pierde el
control sobre sus hijos si su esposo decide divorciarla.
Es muy difícil diferenciar la masculinización histórica
de las sociedades humanas de los procesos que llevaron a la creación
de vastas desigualdades sociales y conductas ambientales destructivas
en casi todo el mundo.
Hay todavía existen algunas comunidades humanas que han logrado
sobrevivir estos procesos globales de virilización y alienación.
Son islas de solidaridad y respeto a la naturaleza que subsisten a pesar
de las interferencias y agresiones. En ellas, mujeres y hombres aún
comparten los roles de la vida. Las ancianas sabias aún plantan
y recolectan las plantas sagradas y preparan las pociones visionarias.
Son las hermanas de la Viejas Abuelas perseguidas.
Todas ellas, las muertas y las vivas, están todavía con
nosotr@s.
Sus espíritus y sus obras nos acompañan.
En los mejores granos de maíz que comemos cada día.
En las fresas y piñas. En la vid. En las hierbas medicinales.
En el cactus. En los hongos. En las enredaderas sagradas.
En sus descendientes.
O sea, en nosotr@s mism@s.
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