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Entrevista
a Joan Martínez Alier, impulsor del ecologismo popular
Necesario, volver a la lógica del desarrollo sustentable
por Ramón Vera Herrera,
Publicado en LA Jornada, México, 14 de setiembre del 2000
Debemos producir para la subsistencia, no para el mercado Catalán de origen, Joan Martínez Alier es una de las figuras más importantes de lo que se ha dado en llamar el "ecologismo popular". Una de las voces más reconocidas que impulsan el movimiento que plantea el reclamo de la "deuda ecológica" por parte de los países del Tercer Mundo a los países industrializados del Norte, y que implica "frenar un modelo de desarrollo que está destruyendo la vida del planeta, detener el flujo desigual de energía, bienes naturales y recursos financieros del Sur hacia el Norte, y evidenciar la ilegitimidad de la deuda externa". En entrevista, Martínez Alier reflexiona sobre la encrucijada del movimiento ecologista mundial: La bioprospección es una nueva forma de biopiratería, nombre nuevo, práctica bien antigua. Los españoles la practicaron; los ingleses también. Los primeros se llevaron recursos como la cochinilla de Guatemala, y el conocimiento de que era un tinte lo usaron gratis; nunca pagaron regalías por este saber, o por el árbol de la quinina, que sirvió muccho tiempo contra la malaria No sólo se llevaron la materia prima, sino el conocimiento que la gente tenía de que la corteza servía para bajar fiebres cuando se padecía paludismo. Cuando de América le regalaron la yuca a los africanos lo hicieron
queriendo: nadie va a reclamar que no paguen nada. Y la yuca es bien importante
para alimentar a muchísima gente del mundo. Pero cuando los holandeses
se llevaron semilla de papa y en Holanda dicen que la mejoran, la cruzan
(aseguran que con ingeniería genética le van a poner un gen
nuevo) y la llevan otra vez a Los Andes, la venden y cobran regalías
por esta semilla, esto es biopiratería, porque nunca pagaron nada
por el saber indígena, que no es un conocimiento cualquiera sino
la experiencia acumulada de muchísimas mujeres y hombres campesinos
en miles de años para aprender a sembrar papas a 4 mil o 3 mil metros
de altura, con sol, con sombra, de todas maneras y con 500 o 600 variedades.
Ganancias contra conservaciónLa bioprospección hace lo mismo, pero "vamos a pagar un precio bajito, vamos a hacer un contrato". Esto nace del Convenio de Biodiversidad; del Sur, que protesta y dice: "Ya está bien de que nos roben gratis". Así que les contestan: "Vamos a pagar un poquito, así reconocemos que compramos la propiedad", y para los conflictos de patentes entre empresas pueden demostrar que lo adquirieron legalmente.Esto se liga a la idea de que el pago es un incentivo a la conservación. Es mentalidad de mercado, como si no se hubiera conservado fuera del mercado. El mercado lo que hace es generar destrucción, como con las explotaciones mineras o con la contradicción entre las camaroneras y el manglar. El mercado quiere ganancias a corto plazo, quiere ganar el 8 por ciento al año, o el 6 por ciento, el tipo de interés del banco por lo menos. Y la naturaleza no crece al ritmo de los intereses del banco. Sólo los eucaliptos, que crecen 10 por ciento al año, pero la caoba no crece 10 por ciento al año, el petróleo ya no crece, y la biodiversidad claro que ha crecido, ha coevolucionado, pero a un ritmo lento. Entonces la bioprospección dice "vamos a meter la biodiversidad en el mercado y esto va a ayudar a la conservación". Este argumento, en general, es falso. Para conservar debemos volver a la lógica del uso sustentable para la subsistencia, para la vida, no para el mercado. Entendamos que hay un orgullo agroecológico indígena, sea andino o maya, por haber sabido desarrollar la agricultura hace 5, 6 o 7 mil años, y mantenerla. Evolucionar la naturaleza junto con los humanos durante todo ese largo periodo exige hoy un reconocimiento a toda esta experiencia acumulada. Lo que pasa es que todo esto llega tarde. Hay una lucha en todas partes entre la modernización uniformizadora de la agricult ura y esa especie de orgullo por lo hecho hasta ahora, por todas las variedades que hay de cultivos, como el maíz que se inventó aquí o la papa que se inventó en Los Andes. Hay que luchar contra el desconocimiento de mucha gente sobre los orígenes de la agricultura, lo que hace suponer que la agricultura moderna o de Estados Unidos es la mejor. A la papa en Brasil le llaman "batata inglesa", que a mí me parece el colmo, y mucha gente en México le dice "maíz criollo" al maíz indígena. Por ejemplo, con el TLC ustedes exportan petróleo barato y una parte se va a los campos de Estados Unidos, a Iowa, para poder producir maíz híbrido que llega aquí y menoscaba la agricultura propia de México. Esto es una ruina agronómica, cultural y política. Creo que lo que ha ocurrido acá desde el 1o. de enero de 1994 es una reacción, en parte; es insistir en que esta uniformización es mala para la gente, para la ecología y para los pobres especialmente. Yo no sé si se puede ganar este combate en este momento de la historia, intentar una modernización alternativa como le llama Víctor Toledo, porque no es cuestión de volver a las tradiciones de hace 3 mil años, pero sí combatir esta uniformización. La economía ecológica, en cambio, favorece la diversidad,
que no implica conservar la naturaleza sin gente, sino conservar la naturaleza
con la gente que la ha mantenido. Los argumentos de la economía
ecológica son que los precios están mal puestos: está
mal puesto el precio del petróleo porque se va a agotar en algunos
decenios y contamina mucho. El precio de los productos de la agricultura
moderna está mal puesto porque no tiene en cuenta la contaminación,
la erosión genética, la pérdida de variedades. ¿Cuáles
serían los precios ecológicamente correctos? Esto no lo sabe
nadie porque tendríamos que adivinar el futuro: qué tecnologías
va a haber, cuándo va a ser rentable la energía solar fotovoltaica,
etcétera. Ningún economista, por crítico que sea,
puede decir: "Yo sé qué precios serían los correctos".
Lo que sí podemos decir es que los precios están mal puestos
y por tanto se abre un campo muy amplio de acción para que los movimientos
ecologistas critiquen la economía liberal y esta especie de poder
político tan extensivo que tienen los economistas neoliberales.
Sólo hablan de ventajas comparativas, de que el mercado lo regula
todo. Pero el mercado es miope respecto del futuro y de todo lo que no
está en el mercado: el trabajo doméstico no remunerado, la
biodiversidad que se ha conservado, todos los servicios de la naturaleza,
el clima, todo esto está fuera del mercado.
Repensar los valoresNo es cuestión de traducir la cultura a dinero. La gente pobre del mundo sabe esto muy bien, y en su lucha ha tenido que aprender muchos lenguajes: español, inglés y ahora el lenguaje de la economía y el lenguaje jurídico de la Constitución, que les puede resguardar sus derechos indígenas. Además, según su propia cosmología, dicen que la tierra y el subsuelo son sagrados. Es como la Virgen de Guadalupe: si algo es sagrado no se puede alquilar ni vender a Japón, por ejemplo; sería un insulto decir a qué precio se vende la Virgen de Guadalupe o la Bandera Nacional. Entonces, ojalá hubiera más cosas sagradas en el mundo, sería una manera de combatir la globalización del mercado.El punto central es repensar la inconmensurabilidad de los valores. No son equiparables los valores económicos con los ecológicos, o con los de la cultura de la gente o los valores sociales. Así es como encaja la economía ecológica con la defensa del ecologismo popular: toda la gente que no se dice ecologista, que no quiere ni usar esa palabra, pero en el fondo lo es, combate para mantener los recursos naturales a disposición de la gente. Yo no conozco bien el caso de Guerrero, de la persona a la que le otorgaron
el Premio Goldman por defender los bosques de esa entidad y ahora está
en la cárcel. Esta persona no sabía que era ecologista, ni
falta que hace, pero es más ecologista que el señor que sale
en los carteles con el presidente electo.
Catedrático y editorJoan Martínez Alier es catedrático de economía e historia de la economía en la Universidad de Barcelona; director de la revista internacional Ecología política; miembro fundador de la Sociedad Internacional de Economía Ecológica, y autor de diversos libros sobre la materia, entre ellos Economía ecológica y política ambiental, escrito en colaboración con Jordi Roca Jusmet y publicado por el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente y el Fondo de Cultura Económica.
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