Indice
Comercio
ecológicamente desigual
Cuadro 1. Índice
de Quantum de Exportaciones de Bienes de América latina
Condicionalidad
ecológica y “ajustes”:
cómo
darle la vuelta a la cuestión
Del
ecologismo popular hacia una globalización alternativa
Impuestos
ecológicos: cómo darle la vuelta al asunto
Cuantificación
y reclamo de la deuda ecológica
Referencias
|
Deuda ecológica vs.
deuda externa
Una perspectiva latinoamericana
por Joan Martínez-Alier, 1998
Las crisis económicas y políticas vinculadas a deudas
externas ya se dieron desde la misma independencia de América latina.
En algunos momentos esas crisis fueron tan graves que llevaron a la intervención
militar extranjera. Para el continente en conjunto, la Deuda Externa actual
tiene más importancia aún, medida por ejemplo por el porcentaje
de los pagos de Deuda Externa respecto de los PIB o respecto de los ingresos
por exportaciones, que la importancia que tuvo en esas épocas del
pasado. En cambio, la discusión sobre la cuantificación y
reclamo de la Deuda Ecológica es muy reciente, empezó hace
apenas diez años. La Deuda Externa que se acumuló en los
años 1970 y 1980 continúa teniendo un peso determinante en
la política económica de América Latina, a pesar de
la aplicación de diversos esquemas para reducir su cuantía.
Los pagos ya realizados son mayores que el importe que se debía
y sin embargo el total de la Deuda Externa ha seguido creciendo y alcanza
en 1997 para la América Latina más de 600.000 millones de
dólares. Mientras la Deuda Externa es, pues, un problema conocido;
la Deuda Ecológica es una idea nueva que este artículo analiza.
Cualquier auditorio latinoamericano queda fácilmente impresionado
ante la suma en dólares que al nacer ya debe un niño o una
niña del continente, pero resulta más difícil despertar
algún entusiasmo acerca de la teórica posición acreedora
que ese mismo infante tiene en la cuenta de la Deuda Ecológica.
Cabe preguntarse por qué, a pesar del antiguo sentimiento en la
cultura latinoamericana de la destrucción y el saqueo de riquezas
naturales, un sentimiento que ha sido expresado por autores antiguos y
actuales desde José Bonifacio o Mariano de Rivero a Eduardo Galeano,
la idea de la Deuda Ecológica es sin embargo nueva. La historia
ecológica está empezando a apoyar con investigaciones detalladas
ese sentimiento, pero no obstante, curiosamente, en la política
se ha dado más importancia a los asuntos financieros que a la pérdida
del patrimonio natural. La idea de una Deuda Ecológica hasta ahora
no ha tenido ningún efecto político.
¿Cuáles son las relaciones entre Deuda Externa y Deuda
Ecológica? Esas relaciones comprenden dos aspectos principales.
El primer aspecto de la relación entre Deuda Externa y Deuda Ecológica
es el reclamo de la Deuda Ecológica, a cuenta de la exportación
mal pagada (pues los precios no incluyen diversos costos sociales y ambientales,
locales y globales) y a cuenta de los servidos ambientales proporcionados
gratis. Por ejemplo, el petróleo que México exporta a Estados
Unidos (país que se ha convertido en gran importador de petróleo)
está infravalorado porque no tiene en cuenta la contaminación
producida en las zonas de extracción de bosque tropical húmedo
de Tabasco y Campeche, porque no incorpora un costo adicional a cuenta
de sus efectos negativos sobre el cambio climático global y porque
menosprecia la demanda mexicana futura. Por ejemplo, el conocimiento exportado
desde la América latina sobre los remos genéticos silvestres
o agrícola (la chinchona officinalis, la papa, el maíz...)
lo ha sido a un precio cero o muy barato, mientras que la absorción
de dióxido de carbono por la nueva vegetación o en los océanos
se viene realizando gratis, de manera que los ricos del mundo es como si
nos hubiéramos arrogado derechos de propiedad sobre todos los sumideros
de CO2 los océanos, la nueva vegetación y la atmósfera.
Puede, pues, reclamarse una Deuda Ecológica que el Norte debe al
Sur, y que existe aunque no sea fácil cuantificarla en términos
crematísticos y esa Deuda Ecológica puede contraponerse a
la Deuda Externa. Puede considerarse que no debe pagarse la Deuda Externa
a menos que el Norte pague antes la Deuda Ecológica. En cualquier
caso, introducir el reclamo de la Deuda Ecológica en el orden del
día de la política internacional sería en sí
misma la mayor contribución que podría hacerse desde el Sur
para llevar a las economías del Norte hacia la sustentabilidad ecológica.
El segundo aspecto de las relaciones entre Deuda Externa y Deuda Ecológica
ha sido ya más estudiado: de qué manera la obligación
de pagar la Deuda Externa y sus intereses lleva a una depredación
de la naturaleza (y por tanto aumenta la Deuda Ecológica). En efecto,
para pagar la Deuda Externa y sus intereses hay que lograr un excedente
(la producción ha de ser mayor que el consumo). Este excedente puede
provenir en parte de un aumento genuino de la productividad (más
producción por hora de trabajo) pero en parte sale del empobrecimiento
de las personas de los países deudores y del abuso de la naturaleza.
Mientras las deudas crecen, la naturaleza no puede crecer a un tipo de
interés del cuatro o cinco por ciento anual, los recursos agotables,
como el petróleo, no se producen sino que ya se produjeron hace
tiempo, ahora se extraen y se queman, produciendo una variedad de efectos
negativos; los recursos renovables tienen ritmos biológicos de crecimiento
que son más lentos que esos ritmos económicos impuestos desde
fuera.
Si los tipos de interés son altos y el peso de la Deuda Externa
es grande, se infravalora el futuro, y las cuestiones ambientales son relegadas
en favor del presente. Y, al contrario, si damos poco valor actual a los
problemas futuros de escasez de recursos, de pérdida de biodiversidad,
del aumento del efecto invernadero, entonces aumenta el grado actual de
explotación de la naturaleza. Esas consideraciones son relevantes
para la ecología de los países endeudados, tal como indicó
hace casi ochenta años el premio Nobel de química y economista
ecológico Frederick Soddy: a diferencia de la riqueza real que está
sujeta a las leyes de la termodinámica, la deuda en dinero (es decir,
la riqueza financiera o, como lo expresó Soddy, la "riqueza virtual")
no decae entrópicamente con el tiempo sino que, por el contrario,
crece según la regla del interés compuesto.1
Desde luego, la economía humana está afortunadamente abierta
a la entrada de energía y materiales, y es «anti-entrópica»
en el sentido de que logra grados crecientes de complejidad y organización,
pero no puede confundirse la verdadera producción con lo que es
destrucción o degradación. No cabe pagar una deuda que crece
a interés compuesto con sacrificios humanos y con sacrificios de
la Naturaleza que deban crecer continuamente a interés compuesto.
Comercio ecológicamente desigual
Oro negro (que se exporta sin seguir la máxima enunciada en 1936
por Uslar Pietri, de «sembrarlo» de nuevo para que genere un
ingreso económica y ecológicamente sostenible, y sin preocuparse
de los impactos ambientales locales ni del aumento del efecto invernadero);
oro verde que ha sido robado gratis y que ahora constituye el objeto de
los nuevos contratos de bioprospección que otros llaman biopiratería;
oro blanco de las centrales hidroeléctricas que a veces (como Tucuruí
en Brasa) inundan zonas de selva, destruyen biodiversidad, desplazan a
poblaciones humanas y causan nuevas enfermedades, para producir kilovatios
para procesar bauxita y producir aluminio para exportar (Brasa subsidia
al Japón, al regalar el kwh a un centavo de dólar); oro amarillo,
en fin, producto que requiere mover grandes cantidades de materiales para
obtener pocos gramos, y cuya amalgama se hace aún con mercurio (el
mismo azogue de Huancavelica que envenenaba a los mineros de la mita
de Potosí). Qué larga historia de depredación de la
naturaleza no precisamente a causa de la presión de la población
humana sobre los recursos naturales, sino a causa de la presión
de las exportaciones. Se exporta más y más para poder pagar
la Deuda Externa, tanto es así que, sin atender a la insustentabilidad
ecológica de las exportaciones, se suele medir la importancia de
la Deuda Externa por el cociente entre pagos por el servido de la Deuda
Externa e ingresos por exportaciones, concluyendo que la Deuda Externa
pierde importancia cuando disminuye ese cociente.
En la actual ola neoliberal -que recuerda otras épocas en la
historia de la América Latina republicana- reaparece el viejo tema
del intercambio desigual. Se exporta más y más, al final
se quedan sin los recursos, y más endeudados que al principio, como
le ocurrió al Perú en la era del guano de 1840 a 1880. ¿Cómo
establecer una alternativa de desarrollo o una alternativa al desarrollo
que no esté basada en un comercio abusivo e insostenible? Aunque
un índice cuantitativo de exportaciones (es decir, cuántas
toneladas se exportan) no revela efectos como la toxicidad de los materiales
ni la desaparición de biodiversidad, sin embargo en cierto modo
sí que indica el impacto que esas economías exportadoras
tienen sobre la naturaleza. Pues bien, en las estadísticas de estos
años recientes comprobamos que el índice cuantitativo de
exportaciones (en toneladas) de América Latina ha crecido considerablemente
(Cuadro 1). Se logra aumentar el valor de las exportaciones a base sobre
todo de exportar más cantidad, en vez de exportar productos o servicios
de mayor precio.
Se da el hecho de que la participación porcentual de América
latina en las exportaciones mundiales (medidas en dinero), que es únicamente
del orden del cinco por ciento del total, es en la última década
levemente decreciente a causa del enorme incremento del valor de las exportaciones
asiáticas, pero eso es un indicador monetario ecológicamente
engañoso ya que en cantidad física las exportaciones de América
latina han aumentado algo así como 245% en quince años (Cuadro
1), y el ritmo de crecimiento en la década de los años 1990
se ha acelerado al diez por ciento anual.
CUADRO 1
Índice de Quantum de Exportaciones de Bienes de América
latina
(índice 1990 = 100) y Valor Monetario de las Exportaciones
FOB
(a precios constantes de 1990, millones de dólares)
|
Quantum de
exportaciones
|
valor
monetario
|
|
1980
|
59.4
|
80.932.5
|
|
1982
|
65.1
|
88.656.5
|
|
1988
|
91.0
|
124.687,4
|
|
1989
|
95.2
|
129.687.4
|
|
1990
|
100.0
|
136.286.0
|
|
1991
|
104.7
|
142.653.4
|
|
1992
|
111.3
|
151.693.1
|
|
1993
|
120.9
|
164.732.6
|
|
1994
|
131.6
|
179.385.1
|
|
1995
|
145.3
|
198.060.1
|
Fuente: CEPAL, NN.UU., Anuario Estadístico
de América latina y el Caribe, 1996, cuadros 283 y 289.2
Ese dato para la América Latina, que es parte de una tendencia
general al aumento cuantitativo del comercio mundial, tiende a negar la
hipótesis de una «desmaterialización» de la economía
mundial que algunos estudiosos del «metabolismo industrial»
de las economías ricas han creído prematuramente descubrir
ya que, además del índice de exportaciones en toneladas que
muestra una tendencia creciente, deberíamos construir un segundo
quantum index (que no existe aún en las estadísticas oficiales
y que seguramente sería más creciente todavía), que
indicara todo el material que se transforma, destruye o mueve para lograr
esas exportaciones. Por ejemplo, para exportar una tonelada de aluminio
hace falta un mayor insumo de bauxita y para sacar y transportar la bauxita
hace falta mover mucho más material, y destruir vegetación,
y esos impactos son independientes del precio que alcance el aluminio en
los mercados. Para exportar un diminuto gramo de oro se destruye muchísima
vegetación, se mueve mucha tierra y se contamina mucha agua. El
cultivo del café se ha hecho a veces a costa de la destrucción
del bosque original y de la erosión del suelo, como ocurrió
en Brasil. Para exportar cocaína se erosiona mucha tierra (al cultivarse
la coca en pendientes y en condiciones precarias de tenencia) y los ríos
son contaminados con los insumos para su fabricación. Es decir,
incluso los productos de alto precio y poco volumen, pueden indirectamente
implicar grandes impactos ambientales. Por ejemplo, puede parecer una buena
idea exportar papel o por lo menos pasta de papel, en vez de exportar chips
o madera en rollo (como Brasil en comparación con Chile), ya que
esa exportación supone menor volumen a mayor precio, supone un mayor
«valor añadido» en términos económicos
pero desde el punto de vista ambiental el impacto no es necesariamente
menor porque sea relativamente menor el volumen de exportaciones ya que
posiblemente la destrucción de bosque nativo o el impacto de las
plantaciones de eucaliptos o coníferas sea el mismo en uno u otro
caso, habiendo además mayores externalidades del proceso industrial
(compuestos organoclorados, mayor uso de energía en la fabricación
aunque menor uso en el transporte).
Recordemos la teoría latinoamericana del empeoramiento de la
relación de intercambio, desarrollada por el economista argentino
Prebisch y la Cepal a partir de 1949. Esa teoría explicaba que los
aumentos de productividad en el sector de exportación de materias
primas (mayor producción por trabajador gracias al cambio técnico),
se traducían en descensos de precios, ya que había muchos
competidores internacionales que exportaban las mismas materias primas
(a pesar de los intentos de formar carteles) y, por otro lado, los trabajadores
eran pobres y vendían su trabajo barato, mientras que las importaciones
de productos manufacturados no bajaban de precio en proporción a
los aumentos de productividad, ya la estructura del mercado era más
oligopolista y los trabajadores, sindicalizados y sin apuros económicos
al estar bien pagados, conseguían aumentar sus salarios por lo menos
en proporción al aumento de la productividad. Esa teoría
está abierta a distintas objeciones. Por ejemplo, durante algunas
épocas las economías pueden crecer sobre la base de exportaciones
de materias primas, y esas economías abiertas pueden crear bases
urbanas e industriales importantes (como revela la historia de Buenos Aires
hasta 1925). A eso se le ha llamado la staple theory of growth, la teoría
del crecimiento económico basado en la exportación de materias
primas, como en Canadá, Nueva Zelanda, Australia, los países
escandinavos. Otra objeción es que también los productos
industriales y los servicios están sometidos a presiones comerciales
que hacen bajar sus precios, como ha ocurrido con los automóviles
y con la informática. Sin embargo, la teoría del empeoramiento
de la relación de intercambio (que dio la base teórica para
la política latinoamericana de «sustitución de importaciones»),
torna a ser relevante en la presente ola exportadora neoliberal.
El pensamiento económico de la Cepal de los años 1950-73
no incorporó los aspectos ecológicos a la propia agenda latinoamericana.3
En su época creativa, las cabezas pensantes de la Cepal eran economistas
heterodoxos pero economistas al fin. Ahora, la nueva doctrina del intercambio
ecológicamente desigual recogerá esas antiguas ideas heterodoxas
latinoamericanas y las complementará con un análisis de economía
ecológica aunque esa discusión no será amparada por
instituciones como la Cepal. El debate sobre el intercambio desigual va
a reaparecer de la mano de la discusión ecologista, en ONG y también
en revistas académicas y en universidades, tal vez en algunos grupos
políticos y gobiernos, no sólo porque hay épocas en
que realmente se da un deterioro de la relación de precios de exportación
frente a los de importación (como Prebisch y la Cepal señalaron),
no sólo, tampoco, porque se exportan muchas horas de trabajos mal
pagados a cambio de pocas horas de trabajos bien pagados (como los economistas
marxistas habían advertido), sino también porque el intercambio
es ecológicamente desigual. Se exportan productos sin incluir en
los precios los daños ambientales producidos local o globalmente,
y sin tan siquiera contarlos. En esos daños ambientales hay que
incluir los daños a la salud humana. Además, a menudo se
exportan productos que a la naturaleza le ha tomado mucho tiempo producir
y que se intercambian por productos o servicios de rápida fabricación.
A veces hay exportaciones que parecen ecológicamente sostenibles
pero que tampoco lo son. El propio guano del Perú era un recurso
renovable que se exportó a un ritmo mayor que el de su renovación.
El guano es el mismo recurso (aunque en un estadio posterior en la cadena
trófica) que la harina de pescado que también se exportó
desde el Perú de manera no sostenible en los años 1960 y
1970. Por ejemplo, al exportar eucaliptos, el precio no incluye la pérdida
de fertilidad del suelo ni los efectos sobre la disponibilidad de agua.
Parecería que la exportación agrícola es una actividad
sostenible lograda por la fotosíntesis de la energía solar,
pero la exportación lleva incorporados nutrientes (por ejemplo,
el potasio de los bananos) que no son pagados por los precios de las exportaciones.
Así se da la paradoja de que Argentina ha aparecido mucho tiempo,
junto con Haití, entre los países latinoamericanos que menos
fertilizaban por hectárea, al haber recurrido a la fertilidad natural
-pero no eterna- de la Pampa. Además, los cultivos de exportación
suelen causar una simplificación de la biodiversidad.
Las economías latinoamericanas se apoyan considerablemente en
un aumento de exportaciones de petróleo, gas, minerales como hierro,
cobre, estaño, oro, también maderas y piensos como la soja
y la harina de pescado, y por eso se está hablando de una «reprimarización»
de esas economías, pero eso no es muy novedoso, es un dejà
vu económico que tiene consecuencias ambientales más graves
aun que las de anteriores oleadas exportadoras. Incluso las llamadas «exportaciones
no tradicionales» resultan ser también exportaciones de ma-terias
primas con alguna transformación, como flores o camarones. Es cierto
que algunas zonas de América latina, como Sao Paulo, escapan de
la tendencia a la «reprimarización» (por el contrario,
son zonas de importación de energía y materiales y de exportación
de bienes industriales, como los automóviles, y de servicios). En
contraste con Sao Paulo, otra zona del Brasil, el Norte, se convierte ahora
en una región de enormes proyectos nuevos de extracción de
minerales con líneas de transporte ferroviario directamente a la
costa, según la antigua pauta de «enclaves» extractivos
con escasos lazos con la economía regional, y la región del
Mato Grosso, al sudoeste de Brasil, junto con Paraguay y el oriente de
Bolivia, se apronta para convertirse en zona de gran exportación
agrícola tal vez por la hidrovía Paraguay-Paraná,
un proyecto muy polémico ambientalmente. Otras zonas de América
latina son «falsamente» industrializadas, como la frontera
mexicana con importaciones de insumos intermedios para la maquila. Incluso
países ya bastante industrializados como Argentina o Chile se están
«reprimarizando». Así, con razón, Rayen Quiroga
y sus colaboradores del Instituto de Ecología Política de
Santiago han descrito la economía de Chile como «El Tigre
sin Selva», pues una parte del crecimiento económico chileno
se basa en la exportación acelerada de minerales, de productos de
la pesca y de leña del bosque nativo (como los alerces, por ejemplo,
hechos astillas para la exportación al Japón: los alerces
han demorado centenares de años en crecer).4
Los intentos recientes de organizar redes de «Comercio Justo»
mediante la cooperación desde el Norte con el Sur (consumidores
que, por ejemplo, están dispuestos a pagar un precio mayor por café
"orgánico" importado) nacen de la voluntad de incorporar en los
precios ciertos costos sociales y ambientales. Dicho al revés, esos
costos no están «internalizados» en los precios que
rigen en la producción y comercio habituales. Esos intentos de "Comercio
Justo" son una señal de la conciencia que empieza a nacer en algunos
sectores minoritarios del Norte de que los precios internacionales no cubren
tales costos y que para permitir que los productos exportados se produzcan
con procesos de producción sostenibles ecológica y socialmente,
hace falta pagar más.
El comercio ecológicamente desigual nace, pues, de dos causas.
En primer lugar, falta frecuentemente en el Sur la fuerza necesaria para
lograr incorporar las externalidades negativas locales en los precios de
exportación. La pobreza lleva a vender barato el propio medio ambiente
y la propia salud, aunque eso no signifique falta de percepción
ambiental sino, simplemente, falta de poder económico y social para
defender la salud y el medio ambiente. En segundo lugar, el tiempo natural
necesario para producir los bienes y servicios importados. Al haberse aprovechado
el Norte de un flujo de comercio ecológicamente desigual, éste
es uno de los elementos que deben ser contabilizados en la Deuda Ecológica.
Condicionalidad ecológica
y “ajustes”:
cómo darle la vuelta a la cuestión
Desde el Sur se ha permitido que en el campo ambiental el Norte ocupe eso
que en inglés se llama the moral high ground, que desde países
cuyo estilo de vida resulta ecológicamente no generalizable al mundo
entero, se den lecciones impertinentes de cómo lograr la sustentabilidad
ecológica. Por ejemplo, que se reprenda a los pescadores mexicanos,
venezolanos o colombianos porque matan delfines al pescar atún para
la exportación. El levantamiento del embargo atunero estadounidense
que pesaba sobre México, Venezuela, Colombia y otros países
latinoamericanos, trae a la actualidad este interesante caso de condicionalidad
ambiental a las importaciones. El embargo se impuso porque los métodos
de pesca de atún implicaban la muerte de delfines. Para que se levante
el embargo definitivamente, las flotas pesqueras de atunes deben abrirse
a la inspección del National Marine Fisheries Service de Estados
Unidos, obligación que sin duda desprende cierto tufillo a “ecocolonialismo”.
La industria pesquera de los países sometidos al embargo, apoyada
por la opinión pública, sostiene que el embargo ha sido un
disfraz de los intereses comerciales proteccionistas de la industria pesquera
de Estados Unidos y de sus socios asiáticos. Pero la mortandad
de delfines es y ha sido cierta, cruel e innecesaria. No sólo las
organizaciones ecologistas del Norte sino también las del Sur han
denunciado la matanza de delfines. Lo que sorprende es la ceguera que existe
en Estados Unidos (en la opinión pública y en organizaciones
ambientalistas) respecto de los impactos ambientales locales de otras importaciones
como los productos de la minería y el petróleo barato importado
precisamente de países como Venezuela, México y también,
ahora, Colombia.
Cuando Austria intentó en 1992 imponer una etiqueta obligatoria
a las importaciones de madera tropical para garantizar su procedencia de
bosques manejados sosteniblemente, se enfrentó a las protestas ante
el GATT de los gobiernos de Malaysia e Indonesia sin encontrar fuertes
aliados locales en esos países. No obstante, ha habido casos
en que se ha logrado ya una colaboración armoniosa y eficaz entre
ONG del Norte y del Sur para dificultar las exportaciones de productos
del Sur baratos y ambientalmente dañinos, como por ejemplo ha ocurrido
en 1997 con el triunfo contra la maderera Trillium en el Sur de Chile,
cuyas concesiones para cortar lengas fueron anuladas judicialmente ante
la satisfacción de los ecologistas chilenos y la irritación
del gobierno de Eduardo Frei. La Trillium era ya bien conocida por sus
depredaciones en el noroeste de Estados Unidos. Ojalá se avance
por este camino de cooperación entre instituciones de la sociedad
civil, por ejemplo para lograr el boicot desde el Norte a las importaciones
de camarones que implican destrucción del manglar y de las formas
sostenibles de vida en él, para lograr en otros casos un sobreprecio
que compense los costos de manejo sostenible o que por lo menos permita
pagar los costos de la mitigación de daños causados por los
procesos de producción de las exportaciones. Así, en vez
de protestar contra la limitación a las importaciones de atún,
en vez de indignarse contra el supuesto «proteccionismo ambiental»
del Norte (que se añade al proteccionismo habitual contra las importaciones
de azúcar, trigo o bananos del Sur), más coherente sería
insistir desde el Sur en los daños ecológicos (locales y
globales) que está produciendo el aumento del comercio internacional
de petróleo y gas, de minerales, de madera y de pasta de papel,
e insistir también en los beneficios que los importadores han obtenido
y siguen obteniendo al no pagar esos daños, beneficios que son parte
de su creciente Deuda Ecológica.
El hecho es que la condicionalidad, ya sea en el ámbito financiero
o en el ambiental, se impone siempre desde los Estados hegemónicos,
mientras los Estados periféricos o del Sur nunca son ellos mismos
sujetos que la impongan. Eso explica el habitual rechazo social de la condicionalidad
en estos países. Pero a veces, por ejemplo cuando la cooperación
internacional se condiciona al respeto a los derechos humanos, puede ocurrir
que la sociedad civil de los países sometidos a condicionalidad,
a pesar de ser consciente de la asimetría política e incluso
de la doble moral que se aplica, sea pragmáticamente favorable a
la condicionalidad para defenderse de sus propios gobiernos, aunque eso
no debería hacer olvidar los abusos contra los derechos humanos
dentro o fuera de sus fronteras por los propios Estados que imponen tal
condicionalidad. Consideraciones parecidas son aplicables en mi opinión
en el campo ambiental.
La «condicionalidad» es un concepto que se refiere en general
no tanto al medio ambiente o a los derechos humanos como a las condiciones
que se imponen desde el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional
antes de hacer préstamos o antes de renegociar la Deuda Externa.
Es un concepto que se usó y se usa aún mucho más en
el contexto de las políticas de «ajuste» financiero
que en un contexto ecológico o de derechos humanos. Cuando se imponen
tales programas de estabilización no sólo se trata de frenar
la inflación (en principio, una buena idea) a veces suprimiendo
brutalmente subsidios y congelando ingresos, sino que se trata también
de bajar el consumo interno de los países y aumentar la exportación
para poder pagar una parte de la Deuda Externa y así conseguir nuevos
créditos para refinanciar el resto. Tales programas de estabilización
pueden dar lugar a distintas consecuencias sociales y ambientales, todas
ellas entrelazadas. Puede haber reacción popular contra la congelación
de los ingresos y el aumento del precio de bienes básicos y puede
haber entonces represión, como en la masacre en Venezuela en febrero
de 1989. Mediante programas especiales puede intentarse aliviar la situación
de los más pobres. Otros programas especiales pueden atender a los
daños ambientales ya que el aumento de la pobreza puede agudizar
algunos impactos ecológicos (uso de leña para cocinar en
zonas áridas, falta de agua para la limpieza). Pero además
el plan de estabilización en sí mismo es causa de degradación
ambiental porque la necesidad de producir un excedente para equilibrar
el balance exterior de pagos, incluyendo pago de deuda e intereses, puede
conseguirse bajando los salarios internos, o a través de una improbable
mejora de la relación de intercambio externa, o por un aumento de
la eficiencia técnica que no haga aumentar el flujo de energía
y materiales en la economía o, por último -y aquí
es donde entra directamente la cuestión ambiental-, mediante la
explotación más intensa del medio ambiente. Es decir, externalizando
costos e infravalorando el futuro. Esos factores se interrelacionan. Para
escapar de la pobreza que el programa de «ajuste» impone al
tiempo que se paga la Deuda Externa, una vía es aumentar la exportación
de recursos naturales. Eso ayuda a explicar la política de aumento
de exportaciones de petróleo de México, Ecuador o Venezuela,
y en general la gran expansión minera y maderera actual en la América
Latina que degrada el ambiente y además hace empeorar la relación
de intercambio.
Supongamos que el Sur necesita lecciones del Fondo Monetario Internacional
y del Banco Mundial (lecciones basadas en el llamado «Consenso de
Washington») acerca de la estabilización financiera de sus
economías inflacionarias, y supongamos incluso que los costos sociales
y ambientales de tales «ajustes» pudieran ser evitados. ¿Debería
aceptarse ahora también que el Norte imponga una «condicionalidad
ambiental» a sus préstamos o al acceso a los mercados del
Norte? Hay dos líneas distintas de rechazo de esa «condicionalidad
ambiental». La primera es un poco tonta pero muy común: «Ahí
están esos gringos otra vez entrometiéndose en nuestros asuntos,
impidiendo la entrada de nuestros bananos o nuestro atún o nuestras
maderas tropicales o nuestras fresas o flores porque dicen que esa producción
es antiecológica, y además dicen que no dan préstamos
ni renegocian la Deuda Externa, a menos que cada proyecto de inversión
lleve esa pendejada o cojudez del estudio de impacto ambiental».
La segunda línea de rechazo de la «condicionalidad ambiental»
parte de la constatación de que existe un ecologismo propio del
Sur, un «ecologismo de los pobres» que queda oculto para muchos
ya que a menudo se expresa en lenguajes que no son ecologistas.
Desde el Sur debería entenderse que la amenaza mayor al ambiente
viene del sobreconsumo del Norte, que se beneficia de un intercambio ecológicamente
desigual y del uso gratuito de servicios ambientales de los que se apropia
unilateralmente, lo que ha dado lugar a una Deuda Ecológica. Así
pues, en vez de imponer unilateralmente una «condicionalidad ambiental»
al Sur, el Norte debería pagar su Deuda Ecológica, y debería
«ajustar» sus finanzas a su economía productiva, y «ajustar»
a su vez su economía productiva, que es de hecho muy destructiva
y contaminante, a su propio espacio ambiental. Pero la cuestión
es entonces: ¿quién le pone el cascabel del «ajuste
ecológico» a las economías ricas? ¿Quién
se va a negar a financiar los déficits (exterior/y fiscal) de la
economía de Estados Unidos por razones ecológicas? La única
manera de imponer el «ajuste ecológico» al Norte sería
a través de unos precios de exportaciones de petróleo y otras
materias primas que fueran más altos, dejando asimismo de proporcionar
servicios ambientales gratuitos y, en general, tal vez con una reglamentación
internacional controlada por unas Naciones Unidas más democráticas
y ecológicas.
Del ecologismo popular hacia una globalización
alternativa
Al observar el desinterés oficial e incluso social en un país
como Venezuela respecto del aumento del efecto invernadero, a pesar de
ser un país (cuya política económica oficial lleva
sin disimulos el nombre de «apertura minera y petrolera») que
exporta unos tres millones de barriles de petróleo al día
(150 millones de toneladas al año, es decir, casi ocho toneladas
por persona) y que sufre impactos ambientales enormes en el lago de Maracaibo
y va a sufrirlos dentro de poco en el Delta del Orinoco, al observar que
incluso los debates sobre la conservación de la biodiversidad silvestre
parecen más intensos en el Norte que en el Sur al ser protagonizados
por organismos como la Unión Internacional para la Conservación
de la Naturaleza o el World Wide Fund for Nature (con su dulce logotipo
del oso panda), deberíamos entonces aparentemente concluir que las
prioridades políticas y sociales del continente latinoamericano
no son ecológicas. Sin embargo, la América Latina contiene
la mayor biodiversidad del mundo y toda ella sumamente involucrada en el
efecto invernadero, por la extracción creciente de petróleo
y gas pero también por la parte considerable que le corresponde
de los sumideros de carbono. ¿Cómo explicar la falta de debate
respecto de esos dos temas centrales en la discusión ecológica
internacional, efecto invernadero y biodiversidad, que fueron objetos de
sendos acuerdos en la conferencia de Río de Janeiro de 1992? ¿Se
trata acaso de asuntos ajenos a los temas «reales» de la América,
como la apertura exterior, la privatización de la propiedad estatal,
la corrupción, la integración comercial, el tráfico
de drogas, la pobreza, la desigualdad, el machismo, la Deuda Externa? ¿Son
las preocupaciones ecologistas en general, realmente ajenas a la vida cotidiana
y al pensamiento latinoamericano?
Desde el actual neoliberalismo que predomina en la América latina,
pero también desde el desarrollismo anterior basado en la «sustitución
de importaciones» y desde la izquierda de origen marxista aún
impermeable hacia el ecologismo (nótese la deliberada ausencia de
un enfoque ecologista en los programas de los partidos políticos
representados en el Foro de Sao Paulo), se ha visto el ecologismo o ambientalismo
como un lujo de los ricos más que como una necesidad de los pobres.
Cuando ya se tiene de todo, se preocupa uno por las especies en extinción.
Cuando ya la familia tiene uno o dos carros, se les ocurre a sus miembros
pasearse en bicicleta los domingos. Ése es el lugar común:
los pobres son demasiado pobres para ser «verdes». En
contra de esta opinión, quiero citar aquí unas frases escritas
ya en 1991 por Hugo Blanco, un antiguo dirigente campesino en Perú,
quien era senador cuando las escribió, frases que sintetizan en
un lenguaje coloquial mi tesis del «ecologismo de los pobres»:
«A primera vista los ecologistas o conservacionistas son unos
tipos un poco locos que luchan porque los ositos panda o las ballenas azules
no desaparezcan. Por muy simpáticos que le parezcan a la gente común,
ésta considera que hay cosas más importantes por las cuales
preocuparse, por ejemplo, cómo conseguir el pan de cada día.
Algunos no los toman como tan locos sino como vivos que con el cuento de
velar por la supervivencia de algunas especies han formado organizaciones
no gubernamentales» para recibir jugosas cantidades de dólares
del exterior (...). Pueden ser verdaderas hasta cierto punto esas opiniones,
sin embargo en el Perú existen grandes masas populares que son ecologistas
activas (por supuesto si a esa gente le digo ‘eres ecologista’ pueden contestarme
‘ecologista será tu m ...’ o algo por el estilo). Veamos: ¿No
es acaso ecologista muy antiguo el pueblo de Bambamarca que más
de una vez luchó valientemente contra la contaminación de
sus aguas producida por una mina? ¿No son acaso ecologistas los
pueblos de Ilo y de otros valles que están siendo afectados por
la Southern? ¿No es ecologista el pueblo de Tambo Grande que en
Piura se levanta como un solo puño y está dispuesto a morir
para impedir la apertura de una mina en su pueblo, en su valle? También
es ecologista la gente del Valle del Mantaro que ha visto morir las ovejitas,
las chacras, el suelo, envenenados por los relaves de las minas y el humo
de la fundición de La Oroya. Son completamente ecologistas las poblaciones
que habitan la selva amazónica y que mueren defendiéndola
contra sus depredadores. Es ecologista la población pobre de Lima
que protesta por estar obligada a bañarse en las playas contaminadas".
Lo que los economistas llaman «externalidades», es decir,
los impactos negativos no recogidos por los precios del mercado, a veces
dan lugar a movimientos de resistencia que utilizan distintos lenguajes
sociales. Son movimientos que pocas veces se describen a sí
mismos como ecologistas, pero que en la realidad sí lo son. Por
ejemplo, pueden ser movimientos sociales espontáneos como los que
en algunas ciudades de la India han quemado en el acto automóviles
o autobuses que han atropellado a trabajadores ciclistas, tan pobres que
acuden al trabajo en bicicleta para ahorrarse el pasaje del transporte
público. Otro ejemplo mucho más conocido: Chico Mendes fue
durante diez años un dirigente sindical de los recolectores de caucho
en el Acre, en el rincón occidental de la Amazonía de Brasil,
cerca de la frontera de Bolivia, Chico Mendes tenía vinculación
con el PT nacido del movimiento obrero en Sao Paulo durante la dictadura
militar y también con el movimiento de «Teología de
la Liberación», había aprendido a leer en la selva
con la ayuda de un refugiado del Partido Comunista, y sólo supo
que era ecologista un par de años antes de ser asesinado en diciembre
de 1988, aunque lo había sido toda su vida al oponerse a la privatización
y depredación de la Amazonía a cargo de empresas madereras
y ganaderas. No muy lejos del Acre, en los territorios bolivianos del Beni
y Santa Cruz, hay en estos últimos tiempos indignadas protestas
de comunidades originarias indígenas (como los guarayos, chiquitanos
y ayoreos) contra Las concesiones forestales a empresas madereras, protestas
que usan un vocabulario de derechos territoriales indígenas y no
necesariamente un vocabulario explícitamente ecologista.
Esos movimientos sociales que son movimientos ecologistas que no se
presentan como tales. Tal vez sean movimientos por acceso al agua en zonas
urbanas (si el agua apenas llega a barriadas pobres), o conflictos por
el agua entre la ciudad y el campo como el que ha surgido en el valle de
Cochabamba donde se perforaron pozos para la provisión de agua a
la ciudad y al bajar la capa freática se malograron los cultivos.
En otros casos, como ocurre en Venezuela, en la defensa en 1997 de la gran
reserva forestal de Imataca de tres millones de hectáreas contra
el Decreto 1850 que permite la explotación de oro a cargo de concesionarias
extranjeras (la mayor parte mineras canadienses), se alían grupos
indígenas (los pemones) con organizaciones ecologistas (como Amigransa),
con antropólogos y sociólogos y hasta con diputados del Parlamento,
grupos que emplean varios distintos lenguajes sociales en la misma causa,
desde las protestas en las calles de Caracas hasta recursos de nulidad
contra el Decreto 1850 ante la Corte Suprema de Justicia. 0 son movimientos
por la defensa del manglar como medio de vida contra las empresas exportadoras
camaroneras, movimientos que en la costa del Pacífico (desde Honduras
hasta el sur de Ecuador y el norte de Perú) usan un lenguaje de
defensa de las culturas indígenas o afroamericanas.
Podríamos realizar un viaje por la geografía latinoamericana,
descubriendo caso tras caso de «ecologismo de los pobres»,
muchos de ellos nacidos de la resistencia al actual boom minero, petrolero
y maderero - que, insisto, parece negar en los hechos la tendencia a la
desmaterialización no ya sólo, obviamente, de la economía
latinoamericana sino también de la economía mundial. Hay
en todo el mundo movimientos ecologistas de resistencia que vinculan lo
local con lo global y que, una vez que se percatan de que son ecologistas,
se unen o forman redes. Es una globalización que se opone a la globalización
de la economía capitalista y de la cultura estadounidense, aunque
utilice alguna de sus armas, como la Internet Es una globalización
alternativa a la de las empresas transnacionales y los gobiernos. Así,
hay conflictos en diversos lugares del mundo contra las plantaciones de
pinos o eucaliptos para exportarlos para la industria de pasta de papel
pues, como dice el movimiento mundial en defensa de los bosques, «las
plantaciones no son bosques». Hasta hace poco tiempo el comercio
de madera y de pasta de papel se hacía casi exclusivamente desde
y hacia el Norte (desde países como Canadá, Estados Unidos,
Rusia, Finlandia) pero hoy en día el aumento del consumo lleva a
la industria del papel al Sur, a Brasil, Chile, Indonesia, Thailandia,
Sudáfrica, y cuando se acaban los bosques nativos, se recurre a
esos «monocultivos» de pinos, eucaliptos o acacias. Quienes
defienden esos programas de plantaciones industriales de árboles
intentan justificarlos porque ayudan a «contrarrestar el efecto invernadero,
al servir como sumideros de carbono, o al aliviar la presión sobre
los bosques nativos ayudando así a preservarlos como depósitos
de carbono» , de manera que la oposición local a tales plantaciones
se ve involucrada en una discusión global sobre el efecto invernadero.
Otra cuestión global, la preservación y valoración
de la biodiversidad, se vincula también a crecientes conflictos
locales. Así, hay una conciencia general en grupos indígenas
en rincones de la Amazonía de la «biopiratería»
de conocimiento puesta de manifiesto en litigios sobre patentes o intentos
de patentes sobre atributos de plantas como la ayahuasca, la sangre de
drago, el jaborandí o la uña de gato, en paralelo a la indignación
que produjeron hace pocos años en la India los intentos de patentar
algunas propiedades del neem y existen redes internacionales que advierten
de lo que sucede y ayudan a la resistencia en tales casos.
Existe también, como ejemplo de ecologismo popular un orgullo
agroecológico andino expresado a veces por dirigentes de organizaciones
indígenas aymaras y quechuas que conocen las virtudes que tiene
la agricultura tradicional, con su tarea de selección y adaptación
de especies y variedades de plantas a lo largo de miles de años
al clima y a la geografía difíciles de los Andes. Esos dirigentes
ya no usan el lenguaje de la "modernización", son capaces de enfrentarse
mentalmente a la falsa competitividad de las exportaciones agrícola
subsidiadas de Estados Unidos y se sienten acreedores por la tarea de conservación
e innovación in situ realizada por sus pueblos. Se sienten estafados
porque, no habiendo cobrado nunca apenas nada por la cesión de semillas
y conocimiento, ven ahora cómo se concede la propiedad intelectual
en Estados Unidos a personas o instituciones sobre variedades de quinua
u otras plantas. Hay conciencia en México de la sabiduría
ecológica de la agricultura de la milpa, hoy amenazada por las importaciones
de maíz desde Estados Unidos bajo el NAFTA (maíz híbrido,
producido con recursos genéticos mesoamericanos gratuitos, y posiblemente
con petróleo mexicano barato).
Cuando los trabajadores que padecen esterilidad por el uso del nematicida
DBCP en las plantaciones de bananos de Costa Rica, Ecuador u Honduras reclaman
en cortes de Estados Unidos contra Dow Chemical y otras compañías,
también están uniendo lo local con lo global al apoyar implícitamente
el movimiento internacional contra los pesticidas químicos y en
favor de una agricultura más dirigida a la seguridad alimentaria
local que a las exportaciones baratas. Y lo mismo vale para las protestas
de las trabajadoras dañadas en la producción de flores para
exportación. Hay también protestas de los desplazados por
represas hidroeléctricas que se conectan en redes de resistencia
internacional. No se trata de defender únicamente la conservación
de la naturaleza pura, como sucedió en la oposición a las
represas en el Gran Cañón del Colorado y otros lugares de
Estados Unidos o Europa (en el Danubio, por ejemplo), sino de defender
a la vez a las personas y a la naturaleza. Se oponen quienes se sienten
afectados (los atingidos pelas barragens, en Brasil), siempre que puedan
protestar al existir cierto grado de democracia política (como en
la defensa del Narmada en la India) y no cuando hay dictadura (como ocurrió
en tantos casos en la ex-URSS y en China, y hoy en día en la gigantesca
represa de las Tres Gargantas en el Yangtze). A veces las represas
son para fomentar nuevas exportaciones (el caso de Tucuruí en Brasil,
también seguramente del Bío-Bío en Chile) y otras
veces (como las Tres Gargantas) son para el desarrollo económico
nacional aunque con jugosos contratos para empresas transnacionales constructoras.
La red OilWatch es otro ejemplo de globalización alternativa.
Esa red internacional recién nació a finales de 1995 gracias
al esfuerzo del grupo Acción Ecológica del Ecuador que ha
estado involucrado en la defensa de la Amazonía ecuatoriana contra
las empresas petroleras. La explotación de petróleo en la
Amazonía del Ecuador, iniciada hacia 1970, que anunció al
mundo una nueva frontera del negocio petrolero, está ya llegando
a los supuestos parques naturales del Yasuní y el Cuyabeno y ocupa,
pues, todo el territorio amazónico del Estado. En Colombia y en
Perú la frontera del petróleo y del gas también está
avanzando rápidamente hacia dentro del territorio amazónico.
Los costos ambientales de la extracción de petróleo o gas
en tales territorios son inestimables. Solamente la prospección
sísmica inicial ya representa un impacto totalmente sin precedentes.
En Ecuador, la resistencia de grupos indígenas como los Huorani,
una de las más difíciles, ya menoscabada desde la década
de los 1950 por misioneros evangelistas que después trabajaron en
los años 1990 para la compañía estadounidense Maxus
(como la reverenda Rachel Saint), está siendo vencida ahora finalmente
por funcionarios de una compañía criolla y católica,
la YPF de Argentina. La asimetría social y la enorme desigualdad
de poder permiten a las compañías petroleras corromper a
algunos de los dirigentes de esos grupos indígenas amazónicos
supervivientes a duras penas de 500 años de peligros. Son grupos
de unos pocos cientos, a lo más unos pocos miles de personas, sin
olvidar además el novedoso papel que abiertamente juegan algunos
antropólogos al servicio de las compañías petroleras.
Esa red, OilWatch, une la defensa local de los pueblos y de la naturaleza
amenazados por la extracción del petróleo y gas en el Trópico
en un movimiento global. Al tiempo que se reclama contra Texaco o Elf u
Occidental, y también YPF y Pérez Companc de Argentina, o
Pemex o PDVSA, por los daños locales que producen en zonas tropicales
o en otros lugares (como Neuquén en la Argentina), lo local se vincula
con lo global al insistir en que todo ese petróleo barato produce
más dióxido de carbono al quemarse en los lugares de importación,
al igual que el gas de extracción que es quemado en los propios
pozos. Si OilWatch denuncia a Shell por su actuación contra
el pueblo Ogoni en Nigeria, no olvida denunciar a Shell por su conducta
en Perú que llevó indirectamente a la muerte de gran parte
del pueblo Nahua y de esta manera OilWatch, una incipiente red, da un complemento
tropical y es más universalista que Greenpeace, cuyas valientes
campañas contra la industria petrolera se han orientado hasta ahora
a los daños causados en el Mar del Norte, el Atlántico Norte
y Alaska.
Hay una creciente ola de reclamaciones por cuestiones locales con implicaciones
globales (donde el discurso ecológico global apoya a lo local),
que las grandes compañías mineras transnacionales (Río
Tinto Zinc, Placer Dome, Mitsubishi, etc.) no podrán eludir, como
tampoco pueden evadirse de las protestas las compañías mineras
locales (cuya producción va por supuesto a la exportación)
como Codelco en Chile (que es estatal y que tiene intereses y conflictos
no sólo en Chile sino también en otros países como
Ecuador), o Comsur en Bolivia (en el departamento de Potosí) que
es privada y que contamina los ríos al verter sus desechos sin importarle
el daño que causa a familias que viven de la agricultura y que utilizan
esos cursos de agua para el regadío. Los grupos locales que protestan
y actúan contra las compañías mineras pueden apoyarse
en redes internacionales como MineWatch cuya razón de existir es
precisamente esa proliferación de conflictos. Una de lo posibles
actuaciones es iniciar juicios en los países de residencia legal
de las compañías transnacionales por los daños causados
en otros lugares. Así, hay un intento de juicio contra la Southern
Peru Copper Corporation en cortes de Estados Unidos, iniciado desde Ilo
por la terrible contaminación que allí se sufre, y también
hay otro intento de juicio contra Freeport McMoran por su actuación
en Irian Jaya. Es habitual que los gobiernos (como el de la India en el
caso de Union Carbide y Bhopal, el de Ecuador con el intento de juicio
a Texaco, el de Perú con la Southern) insistan en tales casos en
la jurisdicción soberana nacional, pero creo que ese nacionalismo
no promueve la justicia social ni la justicia ambiental.
Tales intentos de obtener indemnizaciones por “externalidades internacionales”
son ingredientes interesantes para el cálculo de los "pasivos ambientales"
la suma de los cuales nos daría un elemento para el cálculo
de la Deuda Ecológica.
Impuestos ecológicos: cómo
darle la vuelta al asunto
Estados Unidos importa la mitad del petróleo que consume y la tendencia
es creciente. Para cumplir los vagos compromisos alcanzados en Río
de Janeiro en junio de 1992, en su primer mandato el gobierno de Clinton
y Gore propuso introducir un pequeño impuesto, la BTU-tax, sobre
la energía de los combustibles fósiles, para encarecer algo
su precio y para disminuir su demanda y por tanto las emisiones de CO2
que es el principal gas con efecto invernadero. Ese impuesto, al igual
que la eco-tax europea (que iba a suponer hasta 10 dólares por barril
de petróleo), no se ha aplicado, aunque hay una leve tendencia a
cambiar el sistema fiscal hacia impuestos sobre el uso de materiales y
energía. En algunos países europeos (Suecia, Holanda) ya
está vigente una pequeña ecotax de explícita intencionalidad
ambiental sobre uso de energía de combustibles fósiles, que
es adicional a los otros impuestos que ya existen sobre el uso de petróleo.
Para cada país individualmente, el introducir la eco-tax puede implicar
una pérdida de competitividad, y de ahí la demora en la reforma
fiscal ecológica. En otras palabras, si introducir impuestos ecológicos
perjudica la competitividad, eso significa que esa supuesta competitividad
se basa en parte en la externalización de costos ambientales y en
el aumento, por tanto, de la Deuda Ecológica que ya deben los países
ricos y competitivos.
Veamos ahora la cuestión de la BTU-tax o de la eco-tax desde
el punto de vista de los países exportadores de petróleo,
gas o carbón, muchos de ellos más pobres que Estados Unidos,
Europa occidental o Japón. Tales impuestos son vistos negativamente
por su impacto distributivo. Al disminuir algo la demanda a causa del aumento
de los impuestos, los exportadores bien exportarían lo mismo a menor
precio, bien exportarían menos para mantener el precio, de modo
que los ingresos serían menores. Podría haberse pensado un
sistema impositivo internacional, de manera que esos impuestos ecológicos
fueran recirculados hacia los países exportadores de petróleo,
gas o carbón para mejorar en ellos la situación social (en
aquéllos que son pobres) y la eficiencia energética (en todos
ellos). 0 podría pensarse en algo más radical: que fueran
los propios países exportadores de combustibles fósiles los
que, en vez de oponerse e incluso boicotear como hasta ahora cualquier
negociación sobre el aumento del efecto invernadero, colocaran ellos
mismos, en la fuente, un impuesto ecológico que aumentara su precio.
Es decir, exportar menos a mayor precio (aunque manteniendo subsidios al
gas para cocinar), para así contribuir a una reducción del
efecto invernadero. Naturalmente, haría falta un acuerdo colectivo,
en el marco de la OPEP o de un cartel similar, pero para los gobiernos
y tal vez la opinión pública de esos países exportadores
de petróleo, gas o carbón, ha resultado más cómodo
no enfrentarse al Norte y negarse a aceptar el aumento del efecto invernadero,
dividiendo así lamentablemente a los países del Sur.
Esta división del Sur favorece la inacción del Norte, aunque
algunos países del Sur, como Bangla Desh, o pequeñas islas
como las Maldivas, estarán en grave riesgo por el cambio climático
y están sujetos por tanto a una verdadera agresión exterior
contra su seguridad ambiental, y otros, como la India, tendrían
mucho que ganar con una inmediata distribución equitativa entre
todos los humanos de los derechos a los sumideros de carbono unida a un
compromiso de reducción de emisiones en los países que producen
mayor cantidad por persona.
Hay dilemas que deben ser destacados: por ejemplo, en Ecuador se plantea
ampliar el actual oleoducto de la Amazonía a la costa o incluso
construir un segundo oleoducto, incrementar la extracción de petróleo
de unos 350,000 barriles diarios a 500,000 y contribuir así en la
medida de sus fuerzas a la deforestación amazónica y a la
quema del petróleo en los países que lo importan, contribuyendo
por ambos motivos al cambio climático que va a suponer un pequeño
aumento del nivel del mar, que posiblemente va a tener repercusiones muy
negativas en la ya difícil vida de Guayaquil. En Brasil, por ejemplo,
cuya competente diplomacia podría tener un papel importante en las
negociaciones sobre cambio climático, ha predominado más
bien una actitud defensiva frente a las denuncias internacionales acerca
de la deforestación amazónica, en vez de destacar al papel
que Brasil puede jugar como sumidero de carbono conservando los bosques
primarios y fomentando el crecimiento de bosques secundarios permanentes,
también por la producción de caña de azúcar
para combustible que sustituya al petróleo, y por la parte de la
absorción océanica de CO2 que le correspondería (que,
desde luego, sería muy distinta si esa parte fuera proporcional
a la población o proporcional al territorio, pero que en cualquier
caso hasta ahora es apropiada gratuitamente por el Norte). Mientras no
cambie en la América Latina la percepción social y política
respecto del incremento del efecto invernadero, mientras los temas ecológicos
globales no sean vistos desde la perspectiva del ecologismo popular por
aquéllos que influyen en las agendas políticas, va a ser
difícil poner en la mesa internacional de discusión el tema
de la Deuda Ecológica.
Cuantificación y reclamo
de la deuda ecológica
Si desde el Sur una parte de la opinión pública, y al menos
algunos gobiernos, adoptaran la perspectiva del “ecologismo popular”, entonces
se podría avanzar en el reclamo al Norte de la Deuda Ecológica.
No se trata de cambiar Deuda Externa por Naturaleza (como ha ocurrido en
algunos casos que en conjunto no han supuesto en términos financieros
ni el uno por ciento de la Deuda Externa de la América Latina),
sino al contrario, dar por cancelada la Deuda Externa que se debe al Norte
a cuenta de la Deuda Ecológica que el Norte debe al Sur. ¿Cuánto
debe exactamente? No creo que el argumento dependa de una cuantificación
exacta, que es por otro lado imposible (por ejemplo, al exportar madera
del bosque tropical húmedo, se ha perdido y se pierde biodiversidad
que no está tan siquiera inventariada, mucho menos es pues valorable
en dinero). Pero aunque no pueda hacerse una cuantificación exacta,
sí que es necesario establecer los rubros principales y unos ciertos
órdenes de magnitud, para impulsar la discusión.
Veamos con más detalle la negociación sobre el cambio
climático tal como se plantea actualmente. El dióxido de
carbono es el principal gas con efecto invernadero, y las emisiones actuales
exceden mucho las posibilidades de absorción de los océanos
y de la nueva vegetación, de manera que la concentración
de CO2 en la atmósfera ha pasado de 280 ppm a 360 ppm actualmente.
La decisión de la Unión Europea, a discutir en Kyoto en diciembre
de 1997, es permitir que esa concentración aumente hasta 550 ppm,
lo que supondría --se dice- unos dos grados centígrados más
de temperatura (con mucha incertidumbre al respecto, y más aún
respecto de los efectos locales). Las emisiones por persona y año
en Estados Unidos son del orden de 5 ton de carbono, en Europa la mitad,
pero en la India no llegan a 0.3 ton C. El promedio mundial es de alrededor
de 1 ton C por persona y año, y el crecimiento económico
hará sin duda que aumenten. El volumen total de emisiones
aumentará también por el aumento demográfico. Europa
ha propuesto para la negociación en Kyoto en diciembre de 1997 una
leve reducción en las emisiones europeas respecto del nivel de 1990,
y Estados Unidos ni tan siquiera eso.
Puede argumentarse que, antes de comprometerse en reducir las emisiones
de C02, hay que explotar a fondo la reducción de otros gases de
efecto invernadero (como los CFC, que han sido emitidos mayormente por
los países ricos pero cuya emisión ya está disminuyendo
al estar prohibidos por sus efectos sobre la capa de ozono, o el metano
que, en la parte que proviene de vertederos de basura, podría ser
reciclado a precio barato hacia la combustión, disminuyendo así
mucho el efecto que tiene directamente como gas de efecto invernadero).
En los casos de «implementación conjunta» experimental
que hasta ahora existen de reducción de emisiones o de absorción
adicional de CO2, (es decir, el pago por absorción o reducción
de emisiones de carbono en otros países, acreditándose esa
disminución de carbono a la cuenta del país o empresa que
financia el proyecto, como el caso de la FACE holandesa y sus plantaciones
de pinos y eucaliptos en Ecuador), los costos por tonelada de carbono se
estiman en unos pocos dólares, pero esas son las más baratas
oportunidades actuales. A pesar de esas políticas plausibles, las
emisiones de CO2 son ya excesivas y van a aumentar, y por tanto su concentración
en la atmósfera va a ser cada vez mayor. Los sumideros como los
océanos y la nueva vegetación, no absorben cantidades fijas;
se da por ejemplo el efecto de la llamada “fertilización con CO2”,
una metáfora que describe el mayor crecimiento de las plantas si
hay más CO2 en la atmósfera y condiciones adecuadas de humedad
y temperatura. Pero el consenso representado por el IPCC (Panel Internacional
sobre Cambio Climático) es que las trayectorias actuales llevan
a un gran aumento de concentración de CO2 en la atmósfera,
por lo menos al doble. Si el objetivo de reducción fuera, por ejemplo,
mantener la concentración de CO2 en la atmósfera al nivel
actual (lo que significa aproximadamente una reducción anual de
3000 millones de tons C respecto de las emisiones actuales, es decir, una
reducción a la mitad), entonces el costo marginal de esa reducción
lograda gracias a cambios tecnológicos o por un decrecimiento económico
(o el costo de la absorción adicional por nueva vegetación)
sería mucho más alto que en los experimentos actuales de
“implementación conjunta”. Costa Rica ha considerado ya emitir bonos
de absorción de CO2, que serían comprados por empresas eléctricas
o cementeras u otras industrias extranjeras que pueden verse obligadas
a reducir emisiones de C02, o que también podrían ser comprados
por gobiernos del Norte a nombre de sus ciudadanos. La oferta de tales
sumideros adicionales puede ser grande en relación a la demanda
actual, cuando se añadan países más grandes que Costa
Rica, y su precio sería bajo dada la escasa voluntad actual de reducir
emisiones, pero si hubiera objetivos mundiales de reducción considerables,
un precio plausible de tales bonos sería por lo menos de 20 dólares
por tonelada de carbono. Al no reducir las emisiones, al exponer al resto
del mundo a los daños del aumento de efecto invernadero, al usar
derechos de propiedad de facto sobre todos los sumideros de carbono, los
ciudadanos de los países ricos nos hemos venido ahorrando un dinero
cuya cantidad puede ser más o menos calculada: esa es una parte
de nuestra Deuda Ecológica.
Otros servicios ambientales, de reciclaje de nutrientes por ejemplo,
de formación del suelo, de defensa de zonas costeras, de evaporación
del agua, de depuración de aguas en humedales, etc., han estado
también fuera del mercado y, afortunadamente, han sido gratuitos.
Pero no todos los humanos tiene acceso equitativo a esos servicios. La
falta de equidad ha sido obvia en el acceso a los recursos genéricos
del Sur (donde hay los centros originales de biodiversidad agrícola
y donde hay también la mayor biodiversidad «silvestre»),
cuya aportación no remunerada al valor mercantil de la agricultura
y a la medicina podría calcularse, aunque en este caso el mayor
valor está todavía en el futuro y por tanto en el cálculo
interviene la cuestión de la tasa de actualización o descuento
que se aplique para calcular el valor presente de las opciones que se perderán
en el futuro por la «erosión genética» actual.
El reclamo de los Derechos de los Agricultores (reconocidos por la FAO
aunque sin efectos prácticos), es decir, la compensación
a las agricultoras y agricultores tradicionales por su trabajo de conservación
e innovación como fitomejoradores desde mucho tiempo atrás,
es parte de la Deuda Ecológica (ya que nunca se ha pagado nada o
casi nada por las semillas -y el conocimiento sobre ellas- recogidas en
la agricultura tradicional y que luego han servido para el desarrollo de
semillas comerciales). Tampoco se ha pagado nada o casi nada por el conocimiento
de plantas medicinales. Pero la cesión voluntaria o involuntariamente
gratuita que no es después aprovechada comercialmente, no debería
devengar derechos. Así, por ejemplo, no se reclamaría deuda
por el uso de la yuca de América en la alimentación de los
africanos, pero sí por el uso del cacao o el caucho de América
en las plantaciones de las colonias inglesas. Dado el trasiego internacional
de plantas y animales domésticos después de 1492, y también
de los conocimientos sobre ellos, puede parecer a primera vista que no
vale la pena establecer saldos deudores y acreedores, pero la propia distribución
de la biodiversidad en el mundo hace sospechar que el flujo de información
gratuita ha sido más bien del Sur al Norte que del Norte al Sur,
mientras que la información comercializada (semillas «mejoradas»,
medicinas patentadas) es más bien del Norte al Sur. Para decirlo
en términos actuales, hay, seguramente una considerable Deuda Ecológica
por TRIPS y por patentes que hubieran podido existir y que no fueron pagados.
Los componentes de la Deuda Ecológica, expresada en dinero, son
pues:
Por lo que respecta al comercio ecológicamente desigual,
-
los costos de reproducción o sustentación o manejo sostenible
de los recursos naturales renovables exportados (que no han sido pagados).
Por ejemplo, la reposición de los nutrientes incorporados en las
exportaciones agrarias.
-
los costos actualizados de la no disponibilidad futura de los recursos
no renovables destruidos. Por ejemplo, el petróleo ya no disponible,
o la biodiversidad destruida. Ésta es una magnitud de difícil
cálculo.
-
los costos de reparación (no pagados) de los daños locales
producidos por las exportaciones (por ej. el dióxido de azufre de
las fundiciones de cobre, los relaves de las minas, los daños a
la salud en la exportación de flores, la contaminación de
aguas por mercurio por la exportación de oro), o cuando no hay reparación
posible, el importe actualizado de los daños (lo que se conoce a
veces con el nombre de «pasivos ambientales»).
Por la falta de pago de servidos ambientales,
-
los costos de reparación (no pagados) de las consecuencias de la
importación de residuos tóxicos sólidos o líquidos.
-
el importe correspondiente a los residuos gaseosos absorbidos gratuitamente
hasta ahora o depositados en la atmósfera (CO2 principalmente),
suponiendo una estructura de derechos iguales a los sumideros de carbono.
Puede calcularse según los costos de las reducciones necesarias
no realizadas, o alternativamente con un cálculo del importe actualizado
de los daños que se producirán (siendo este segundo cálculo
mucho más difícil). Si la reducción anual necesaria
se estima en unas 3000 millones de toneladas de carbono (para no seguir
aumentando la concentración de CO2 en la atmósfera), y si
el costo medio de la reducción se estima en solamente unos US$ 20,
entonces puede obtenerse una cifra aproximativa de 60 mil millones; de
US$ (una décima parte de la Deuda Externa de la América Latina)
que deben cada año que pasa al mundo los países cuyos ciudadanos
producen CO2 en exceso.
-
el importe (no pagado hasta ahora) de la información y conocimiento
sobre recursos genéticos cedidos gratuitamente, siempre que haya
habido un aprovechamiento comercial de esta información y conocimiento.
No se trata de mercantilizar la naturaleza, sino de usar el lenguaje y
las ideas del «pensamiento único» economicista que impera
en los centros de poder del mundo, para plantear el tema de la Deuda Ecológica,
pero sin olvidar la diversidad y la inconmensurabilidad de valores que
es el único fundamento posible de una economía ecológica.
Así, cuando los Uwa en Colombia se han opuesto recientemente a la
entrada de empresas petroleras, su argumento más fuerte no ha sido
el precio de las externalidades sino que la tierra es «sagrada»,
y el movimiento que en Thailandia se ha opuesto a las plantaciones de eucaliptos
también ha usado a veces un lenguaje religioso, protegiendo a los
árboles amenazados por las plantaciones con el ropaje amarillo de
los monjes budistas y convocando a la gente con la ceremonia pha pa ba
que normalmente se emplea para la construcción de templos. Así
pues, hay otros lenguajes que más allá de lo crematístico
pueden y deben ser esgrimidos por el Sur.
Entre esos lenguajes, crece ahora el de la justicia Ecológica
(tal como se ha empleado en Estados Unidos, en la lucha contra la incidencia
desproporcionada de la contaminación en áreas habitadas por
poblaciones minoritarias y de bajos ingresos). El movimiento estadounidense
por la Justicia Ambiental y contra al "racismo ambiental", logró
incluso que el Presidente Clinton diera la Orden Ejecutiva 12898 de 11
febrero de 1994 que ordena que las agendas federales tengan en cuenta y
consigan la «justicia ambiental» en sus programas y actuaciones,
dentro del territorio de los Estados Unidos y sus posesiones. Ahora bien,
la emisión desproporcionada de CO2, o los casos de «biopiratería»,
son ejemplos obvios de “injusticia ambiental” en el marco internacional,
pero el presidente Clinton no se ha manifestado al respecto. Otros actores
sociales ha establecido ya algunos lazos entre el movimiento estadounidense
por la Justicia Ambiental y la justicia Ambiental global. Tal como lo explica
Sunita Narain, existe una relación incipiente entre quienes desde
la India han reclamado mundialmente derechos iguales a los sumideros de
carbono y quienes reclaman local y nacionalmente contra el «racismo
ambiental» en Estados Unidos: «habiendo trabajado por la justicia
ambiental a nivel local, ese grupo de activistas y académicos de
Estados Unidos se sintió atraído por los conceptos que nosotros
habíamos presentado en nuestro libro, reclamando justicia en la
administración ecológica mundial».
Otro lenguaje puede ser el de la Seguridad Ecológica (no en sentido
militar sino en sentido similar a como se habla de Seguridad Alimentaria
para describir una política agraria que asegure la alimentación
a todo el mundo con los recursos agronómicos y humanos locales,
pero referido aquí a garantizar el acceso a los recursos naturales
y servidos ambientales a todo el mundo y no sólo a los poderosos
y ricos). En efecto, sorprende la vigencia de antiguos agravios históricos
sobre límites geográficos y el mucho empeño que diversos
países latinoamericanos ponen en defender o reivindicar su herencia
territorial, en comparación con la inconsciencia con la que se cede
la herencia recibida de patrimonio natural (y también de patrimonio
cultural, frecuentemente unido al patrimonio natural). Esas continuas cesiones
podrían interpretarse como una amenaza a la propia seguridad. Así,
desde el Sur, puede argumentarse que el Norte ha producido y produce una
cantidad desproporcionada de contaminación (incluyendo gases de
efecto invernadero) y que se apodera de una cantidad desproporcionada de
recursos naturales, lo que va contra la Justicia Ecológica y además
pone en peligro la Seguridad Ecológica del Sur.
Sin embargo, aunque esos lenguajes de la justicia Ecológica o
de la Seguridad Ecológica puedan ser eficaces por sí mismos
para forzar a un «ajuste» ecológico en el Norte, son
compatibles y resultan reforzados asimismo por el uso del reclamo de la
Deuda Ecológica. Una ventaja del planteo de la Deuda Ecológica
es que está en el lenguaje de la contabilidad económica que
es el que el Norte seguramente entiende mejor, el lenguaje del dinero,
el lenguaje de la bottom line en la cuenta de pérdidas o ganancias
de las empresas. El reclamo del pago de la Deuda Ecológica, expresado
en ese lenguaje económico, podría dar un gran impulso desde
el Sur para que el Norte encamine su economía en una dirección
más sostenible que la actual pues, mientras en el Norte voces bien
intencionadas, que se apoyan en estudios de Ecología Industrial,
recomiendan una reducción del gasto de materiales en las economías
ricas por un «factor 4» o incluso un «factor 10»,
no hay aún ninguna señal firme de «desmaterialización»
de las economías ricas (ni relativa al PIB ni mucho menos
absoluta) y por tanto el pillaje del Sur sigue creciendo y con él,
la Deuda Ecológica, cuantificable económicamente. Además,
si pudiera lograrse la cancelación de la Deuda Externa a cuenta
de la Deuda Ecológica, eso podría hacer disminuir la presión
en el Sur sobre los recursos naturales, al tiempo que podría mejorar
la situación de los pobres, pero el tema que debería incluirse
en la propia agenda latinoamericana y en la discusión política
internacional no es únicamente cómo ayudar a la ecología
latinoamericana y a los ciudadanos más pobres sino también
cómo esgrimir el reclamo de la Deuda Ecológica que el Norte
debe al Sur para forzar así al Norte a efectuar su «ajuste»
ecológico.
Referencias
-
Frederick Soddy, Cartesian Economics, Henderson, Londres,
1922, folleto traducido en J. Martinez Alier, ed.; Los principios de la
Economía Ecológica, Argentaria-Visor, Madrid, 1996.
-
La Primera columna, el índice cuantitativo de exportaciones,
está construido a partir de la segunda columna, el valor monetario
de las exportaciones de cada año suponiendo un nivel de precios
constante. La CEPAL M no proporciona una estadística de exportaciones
directamente en toneladas Compárense estas estadísticas con
las que presenta S. Bunker en su artículo en Ecología Política,
n. 12, 1996, donde argumenta también contra la hipótesis
de una «desmaterialización» de la economía mundial.
-
La primera contribución ecologista desde la Cepal
que se hizo notar fueron los excelentes volúmenes compilados por
Oswaldo Sunkel y Nicolo Gligo, Estilos de desarrollo y medio ambiente en
América Latina, Fondo de Cultura Económica, México,
1980. En los años 1980 y 1990, Axel Dourojeanni, y Nicolo Gligo
han tratado infructuosamente de llevar la Cepal hacia la economía
ecológica, algo difícil en estos años de creciente
dominio de la ortodoxia económica liberal. Esa ortodoxia no es un
producto de importación únicamente sino que tiene profundas
raíces latinoamericanas, con memorias de las épocas de esplendor
exportador en algunos países hasta la década de 1920.
-
Hayen Quiroga, ed, El Tigre sin Selva. Consecuencias Ambientales
de la Transformación Económica de Chile: 1974-93, Instituto
de Ecología Política, Santiago de Chile, 1994.
-
El Nacional (Caracas), 1 agosto 1997.
-
Jordi Roca, « Globalización económica,
mercado único europeo y problemática ecológica »,
Fundación Pere Ardiaca, Maastricht y el futuro de Europa, Ed. Serbal,
Barcelona, 1997, p. 48, cf. T. Lang y C. Hines, El nuevo proteccionismo,
Ariel, Barcelona, 1993.
-
Jonathan Friendland, «Chile lidera la región
con un nuevo movimiento ecológico», The Wall Street Journal
Americas, 26 marzo 1997, reproducido en diversos diarios latinoamericanos.
El artículo se hace eco de la alianza entre grupos ecologistas chilenos
que representan el ecologismo popular (como RENACE, la Red de Acción
Ecológica) y Douglas Tompkins, un multimillonario estadounidense
fundador de la cadena de ropa Esprit de Corps y que ahora está afincado
en Chile donde practica sus creencias en la «ecología profunda
» al haber comprado y protegido una enorme propiedad forestal en
el Sur. A esa alianza en Chile, seañade el apoyo de grupos de Estados
Unidos.
-
Héctor-León Moncayo, “El contexto de la condicionalidad”,
en Instituto Latinoamericano de Servicios Legales Alternativos, ¿La
condicionalidad en las relaciones internacionales, sirve para la protección
de los derechos humanos?, Bogotá, 1996, p.25.
-
Ver una lista de autores que sostienen tal opinión
y una crítica de la tesis «postmaterialista» del origen
del ecologismo, en J. Martinez Alier, De la economía ecológica
al ecologismo popular, Icaria-Nordan, Barcelona-Montevideo, 1995 y con
mayor extensión en Ramachandra Guha y J. Martinez Alier, Varieties
of Environmentalism: Essays North and South, Earthscan, Londres, 1997.
-
La República (Lima), 6 abril 1991.
-
Enrique Leff, Ecología y Capital, Siglo XXI, México,
1986, 2da. ed, 1994, cap. 10: “Del análisis marginalista de las
externalidades a la acción de los grupos ambientalistas marginados”
-
Los Tiempos (Cochambamba), 1 agosto 1997, pag. A 12.
-
Véase por ejemplo The Economist, 12 Julio 1997, p.
30, y El Universal (Caracas), 3 agosto 1997, pag. 1-12. Según el
recurso de nulidad interpuesto por la Comisión de Ambiente de la
Cámara de Diputados de Venezuela, el costo inicial de recuperación
de una hectárea de cobertura vegetal afectada por la minería
de oro, se estima entre 3 y 10 millones de bolívares, es decir,
de 7 mil a 23 mil US$, un dato útil para el cálculo de los
«pasivos ambientales» que ya existen en tantos lugares.
-
Ricardo Carrere y Larry Lohman, Pulping the South. Industrial
Tree Plantations and the World Paper Economy, Zed Books and The World Rainforest
Movement, Londres, 1996.
-
Shell International Petroleum Co. & World Wide Fund for
Nature, Tree Plantation Review, Londres, 1993, cit. por Carrere y Lohman,
Pulping the South, op. cit.
-
Cf. Anamaría Varea et al., Ecologismo ecuatorial (3
vols.), Abya-Yala, Quito, 1997.
-
Patrick McCully, Silenced Rivers. The Ecology and Politics
of Large Dams, Zed Books in association with The Ecologist and the International
Rivers Network Londres, 1996.
-
Hoy (Quito), 1 agosto 1997, p. 7A.
-
Síntoma de la mala conciencia del Norte, existe en
la Amazonía del Ecuador un patético programa de la Comisión
Europea (Petramaz), de unos diez millones de ECU, para calcular y mitigar
los impactos ambientales y para lavar la cara de verde a empresas europeas
como Elf, allí presentes.
-
Para obtener el boletín de OilWatch, Tegantai, escribir
a <oilwatch@uio.satnet.net>, o a <oilwatch@acecol.ecx.ec> o a la
dirección postal: Oilwatch, Acción Ecológica, Edif.
Flacso, Ulpiano Paez 118 y Ave. Patria, Quito, Ecuador.
-
European Environment Agency, Environmental Taxes, Copenhague,
1996.
-
Véase la entrevista con Anil Agarwal en Ecología
Política, n. 5, 1993.
-
Siguiendo la propuesta de Thomas Lovejoy, “Aid Debtor Nation's
Ecology”, The New York Times, 4 oct. 1984.
-
Christian Azar y Henning Rodhe, “Targets for Stabilization
of Atmospheric C02”, Science, 276, 20 junio 1997, p. 1818-9.
-
A veces las cifras se dan en toneladas de C02. La relación
CO2 2 a carbono es de 3.7.
-
Notebook, hoja informativa del Centro de Ciencia y Medio
Ambiente, Nueva Delhi, n. 5, abril/junio 1996, p.9.
-
Cf. Norman Myers, Ultimate Security. The Environmental Basis
of Political Stability, Island Press, Washington D. C., 1996 y los trabajos
de Homer-Dixon y Peter Gleick. De este último autor se ha publicado
en castellano un artículo sobre conflictos internacionales sobre
el agua en Ecología Política, n. 8, 1994. Este número
8 de Ecología Política contiene asimismo una introducción
general de Rafael Grasa al tema de la Seguridad Ecológica. También
los países del Norte pueden verse afectados en su seguridad por
los cambios ecológicos de origen humano, por ejemplo, el aumento
de efecto invernadero y el cambio climático puede producir una alteración
en la Corriente del Golfo y un enfriamiento considerable en el noroeste
de Europa. Pero aquí no hay una diferenciación internacional
tan clara entre "culpables" y "víctimas" o agresores y agredidos
como en los previsibles aumentos de inundaciones en algunos países
del Sur.
-
Ver los trabajos impulsados por el Wuppertal Institute, publicados
por Ernst von Weiszaecker y Schmidt-Bleek, también la llamada Declaración
de Carnoules, los artículos de Robert Ayres, «Limits to the
growth paradigm», Ecological Economics, 19 (1996), pags. 117-134
y de DeBruyn y Opschoor, «Developments in the throughput-income relationship»,
Ecological Economics, 20 (1997), pags. 255-266, y el informe del World
Resources Institute, uppertal Institute y otras instituciones titulado
Resources Flows, 1997.
La primera versión de este artículo fue escrita
para el encuentro La Deuda Externa y el Fin del Milenio, organizado en
julio de 1997 en Caracas por el Parlamento Latinoamericano. Agradezco la
invitación cursada a través de Gilberto Buenaño del
CEAMB de la Universidad Central de Venezuela y las ideas e informaciones
de Alberto Acosta, Elizabeth Bravo, Carlos Larrea y Héctor Sejenóvich.
La discusión sobre la Deuda Ecológica fue iniciada hacia
1990 por diversos autores latinoamericanos como M. L. Robleto y Wifredo
Marcelo, Deuda Ecológica, Santiago de Chile, 1992, y J. M. Borrero,
La deuda ecológica. Testimonio de una reflexión, FIPMA, Cali,
1994. El presente texto pretende impulsar este debate.
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debt: the desecreation of life
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Ecological
Debt: South Tells North "Time to Pay Up"
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climate change and the ecological debt
¡No
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No more
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Deuda
ecológica y derechos económicos sociales y culturales
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Declaración
de Kyoto, Oilwatch
Debt Treaty
Tratado
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